domingo, 19 de marzo de 2017

Marzo. La muerte. La energía se transforma. Marzo. Mi mamá. El Indio Solari. Marzo. La lucha. La proyección del otro en uno. Marzo. Lo incontrolable. La muerte.

Yo no sé mucho de ciencia, pero sé que dicen que la energía no empieza ni termina, sólo se transforma. 

Y creo que con la gente pasa lo mismo. Cuando alguien se muere, se transforma. Inevitablemente se transforma porque sólo queda de esa persona el recuerdo, la impresión que causó en otras, entonces es imposible que siga existiendo como ser por sí mismo, sólo existe en los demás.

Es marzo y pienso en mi mamá. Es inevitable.

Mi mamá es una para mí y otra para mis hermanas. Es la madre de las tres, pero cada una se queda con algo diferente de ella. Yo, por ejemplo, la recuerdo como luchadora. No es que no me acuerde de cómo me arropaba a la noche, de los cuentos que me leía, del amor maternal que nunca me faltó. Es sólo que lo que me marcó de su presencia en mi vida es su rol como ciudadana y militante más que su rol como madre, y eso tiene que ver con los momentos que viví con ella en mis años de crecimiento.

Yo era chica cuando mi mamá empezó con la militancia política. Me llevaba a las reuniones, a las panfleteadas, a las jornadas y a las marchas y así me enseñaba sobre el poder de la lucha. 
[Quizás por eso me emocione tanto hoy ver al pueblo unido, porque ver una plaza llena de trabajadores luchando por sus derechos es un poco tener a mi mamá presente, es un poco volver a mi infancia menemista y darle la mano fuerte porque me asustaban las bombas de estruendo.]
Mi mamá me llevaba a peñas donde se comía locro y empanadas, donde se bailaba folklore y se guitarreaban canciones de izquierda (y a mí no me gustaba nada de eso). 
Mi mamá era una verdadera patriota de la Patria Grande. Era la fanática de Artigas y San Martín que desde mis ocho-nueve años me hacía escuchar un cassette con el último discurso de Allende antes de que lo destituyera el golpe militar de Pinochet. Era la que me repetía una y mil veces que ella me había querido poner Malvina Soledad por las islas, y que yo era la reencarnación de un soldado caído en la guerra de Malvinas, porque fui concebida cuando se declaró la paz (sus creencias eran eclécticas, como ella).

Pero mis hermanas no la recuerdan así, para mis hermanas mi mamá era otra, no sé bien quién, eso lo sabrán ellas. Qué recuerdos atesoran con ella, qué momentos se destacan entre todos los compartidos… 
El asunto es que mi mamá, como la energía, se transformó. Dejó de ser ella, dejó de ser quien ella quería ser (o quien ella podía ser) para pasar a ser lo que cada uno de nosotros veía en ella. Y así pasa con todos.

Anoche escuchaba al Indio Solari hablar de la inmortalidad y me resultó inevitable pensar en que uno puede controlar quien uno es (hasta cierto punto), pero no puede controlar cómo a uno lo ven, y cuando uno se muere ya no puede desmentir a nadie y pasa de ser un ente a ser una percepción, una idea. ¿Quién será el Indio Solari cuando eventualmente se muera? 

Como siempre en este espacio termino divagando. No sé si quería escribir sobre mi mamá, sobre el Indio o sobre la muerte, pero me desperté pensando en cómo uno deja de ser quien es cuando se muere y pasa a ser quien los demás veían en uno mientras vivía. Y eso es lo único que me aterra de la muerte. No es la muerte en sí misma, no me preocupa morirme, pero la idea de quedar en los demás como una distorsión de mí misma, como un término medio entre lo que fui y lo que ellos esperaban que fuera, como una proyección de cada uno de los que me recuerden, eso no me gusta nada.

Ahora que lo pienso, tal vez sea por eso que escribo.


miércoles, 8 de marzo de 2017

Feliz día de la minita. Piropos. Ni una menos. La banalización de la lucha. La muerte de la lucha. Mi compromiso con el género. Chita la boca.

El otro día fui al supermercado y me dijeron un piropo. No fue nada ofensivo, no entendí bien qué me dijo pero no era una grosería. Cuando salí del super agarré por otro lado para no volver por la esquina donde estaba el que me gritó.  
Yo sé que el Presidente está convencido de que nos gusta que nos digan que tenemos buen culo, pero yo, con 33 años, hice una cuadra más para evitar cruzarme con el que me había piropeado.  Para que no piense que lo estaba provocando, para que no se sienta con derecho a volver a gritarme algo que yo no busqué ni disfruté.

Hoy me dijeron que no hable de igualdad cuando yo también elijo los jeans que me hacen buen culo para que me miren los tipos. No quiero ser hipócrita, si no me gusta cómo me queda un jean no me lo compro (que no quiere decir que me los compre para que me miren los tipos), pero eso no quita que yo pueda hablar de igualdad.

Yo no voy a la marcha del #NiUnaMenos. No la siento mi causa. No porque no esté de acuerdo con la consigna, estoy absolutamente de acuerdo con la consigna ni una menos, pero no es mi marcha.

No estoy de acuerdo con lo trivializada que está la lucha de género, con lo tergiversados que están los conceptos. No estoy de acuerdo con el circo mediático que se hace alrededor de las víctimas de violencia de género. Se empieza a hablar del tema en los programas de chimentos, se hace un operativo sobre una orden de restricción en el programa de Tinelli, se muestra a mujeres con moretones en tapas de revistas, se vuelve superfluo, insignificante, se vuelve un chiste, una burla, un chusmerío más.

Y yo creo que trivializar una lucha es una buena forma de desprestigiarla, de ningunearla, de matarla. Así como quisieron hacer con los docentes sugiriendo que cualquier hijo de vecino era capaz de reemplazarlos (y gratis) en las aulas. Así como quisieron hacer con la marcha de ayer, diciendo que se trataba de vagos que fueron por el chori y la birra.
Pero con el movimiento obrero no pueden, con los docentes no pueden, y ¿saben por qué no pueden? Porque los que luchan no se prestan. Porque los docentes y los obreros no se prestan al circo mediático, no compran la basura de los medios hegemónicos, en cambio, las mujeres sí. Las mujeres mismas se juzgan entre ellas (¿debería usar el nosotros en esa oración?), las mujeres dudan de sus congéneres, las mujeres son las que se prestan a banalizar un tema tan grave y tan profundamente arraigado en nuestra sociedad como la violencia de género, y son mujeres las que critican la lucha de género al grito de “¿para qué marchan? Si ya somos libres”.

No, no somos libres, pero no, no voy a ir a la marcha del #NiUnaMenos. Igualmente yo no voy a bajar los brazos, porque como mujer me comprometo a no juzgar a las otras por lo que tenían puesto cuando las violaron, me comprometo a creerles a mis congéneres cuando dicen que sus parejas les pegaron (no necesito ver moretones), y a no preguntar qué hicieron para que les peguen, me comprometo a no enojarme con la amante si mi pareja me engaña, me comprometo a no culpar a las mujeres de su situación de oprimidas.

Yo me comprometo a no callarme nunca, aunque se aburran de lo que tengo para decir, aunque les canse que cada 8 de marzo me indigne por los saludos en boca de misóginos y por la banalización del día, transformándolo en una ocasión para vender flores y bombones, aunque se pudran de que me descargue en un escrito, y aunque sigan acusándonos a las mujeres de hablar mucho/demasiado, yo no me voy a callar: nunca. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Ser mujer. Amistad y género. Un ser rústico. La ley del offisde. Amar, coger, partir. Ser varón, no ser mujer.

Siempre me molestó ser mujer. Toda mi vida me pesó. No soy feliz como mujer. No me gustan los ámbitos “femeninos”. No me siento cómoda en los típicos grupos de chicas.

Tengo muchos amigos varones y encuentro mucha gente que cree que no es posible que tenga amigos varones. Me dicen que no son amigos, que me quieren dar y se hacen pasar por amigos para darme, o que eventualmente me van a terminar dando y se va a terminar la amistad. Y tengo que explicarme, justificarme. Algo malo hay en mí si me junto con tipos, seguro los quiero provocar…  [Les aviso a los lectores que no quiero provocar a mis amigos varones, en particular para que se queden tranquilas sus esposas o novias, no me interesan sexualmente mis amigos, se puede hablar con un hombre sin querer encamarse con él, y si vos no podés, qué pena me das].

Ayer me dijeron que soy rústica. Para mujer soy rústica, si fuera hombre sería uno más del montón. Como mujer tengo que ser delicada, no puedo usar palabrotas, no puedo hablar de funciones escatológicas, no puedo ver pornografía sin taparme los ojos. Tengo que censurarme y contenerme para encajar en los roles que se asignan naturalmente a mi género.

En mi oficina ya aprendí que si se habla de fútbol me tengo que callar. Aunque sea la única que miró el partido, como el caso del gol absurdo contra Boca el sábado pasado. Tengo que callarme porque aunque hable no se me escucha. Porque soy mujer. Incluso dos veces mirando fútbol con hombres (uno de los cuales se define como feminista) me preguntaron si entendía el offside. Chicos, no es física nuclear, es fútbol.

En las reuniones de parejas: las mujeres por un lado, los hombres por otro. Los hombres hablan de economía, de política, de deportes, de actualidad. Las mujeres hablan de sus hijos. Siempre me sentí desubicada en ese ambiente. Siempre me acercaba a los hombres para charlar con ellos, y mi pareja me retaba porque no los dejaba tranquilos para “hablar cosas de hombres”, o porque él quedaba como un pollerudo si me dejaba charlar con sus amigos junto a la parrilla. Tenía, obligadamente, que sentarme con las mujeres y los pibitos a escuchar historias de travesuras o requerimientos de útiles escolares.

Ayer tuve que explicarle a un hombre que las mujeres también somos capaces de tener sexo sin amor. En caso de que no lo supieran, se los confirmo: sí, tenemos la capacidad biológica de tener sexo sin amor, de sostener una relación estrictamente sexual sin desarrollar sentimientos por el compañero. Es posible, aunque muchas elijan no hacerlo, la capacidad existe.
Y todavía no logro hacer que me crean que existimos mujeres que no queremos tener hijos, que sinceramente y desde lo más profundo del corazón, no está en nuestros planes formar una familia.

Machismo es creer que muchas de las diferencias culturales entre hombres y mujeres son en verdad biológicas. Es prejuzgar mis intereses, mi modo de hablar, mi capacidad de entender un deporte o mis metas en la vida, en función de mis genitales.
Cuando era chica soñaba con ser varón. Y si tuviera que elegir como quién reencarnar en mi próxima vida, no me importa quién sería, sólo me importa no nacer mujer.


No me gustan las mujeres y tampoco quiero ser un varón trans. No tiene que ver con preferencia sexual ni con identificación biológica. Sólo quisiera terminar con esta sensación de vivir en la periferia de un mundo del que sólo puedo participar como observadora, simplemente porque no nací con huevos.

miércoles, 11 de mayo de 2016

La mirada de la clase media. El hambre. La economía y el poder. El hambre. El populismo y los votos cautivos. El hambre. Las posibilidades de crecer. El hambre. La meritocracia y otros versos burgueses. El hambre. Una perspectiva diferente sobre Perón y que se vengan las críticas (yo me las banco).

Yo solía estar en el grupo de los que piensan que el peronismo usó las técnicas del populismo para tomar de rehenes a los pobres, para darles migajas a cambio de una lealtad que trascendería  generaciones e historia.
Creía que el peronismo se había aprovechado de la inocencia de los sectores más desfavorecidos para ganar poder, para tener… Algo, no sé qué. 

Porque nosotros, los de la clase media, a veces caemos en la simpleza del argumento de quien siempre tuvo el estómago lleno. A veces no nos damos cuenta de que la realidad de otros tal vez sea diferente. 
Digo que a veces nosotros pensamos en términos de progreso personal, a veces nos centramos en el análisis del que más o menos se las rebusca, y que se enoja porque ve el amor desmedido que tienen otros por cierto líder político y nos agarramos la cabeza y decimos “pero por qué carajo lo amás si no te dio nada más que lo mínimo que necesitás para vivir dignamente” y lo cierto es que tal vez ningún otro le haya dado antes a esa persona lo mínimo que necesitaba, tal vez nadie más se haya acordado de ellos, de que existen, de que tienen hambre, de que necesitan pasar el día. Nada más que eso, pasar el día.

Hoy creo que es muy difícil para el clasemediero entender el hambre. Y lo digo desde el lugar de alguien que fue humilde pero nunca tuvo hambre. Hambre de verdad, hambre de tomar mate lavado tres días seguidos porque lo poco que tenés se lo das a los nenes.
Nosotros pensamos en términos de micro y macroeconomía, nosotros pensamos en los plazos fijos y en la tasa de interés de los créditos del banco. A nosotros nos preocupa la corrupción y la administración general de los bienes públicos, y pensamos en los impuestos a las ganancias y en los aumentos en paritarias. 
Nosotros, los que toda la vida pudimos comer y vestirnos más o menos bien, los que nos hemos ido más de una vez de vacaciones, aunque sean cortas, aunque sea un finde largo a la costa. Nosotros que por ahí nos hemos podido comprar el aire acondicionado y el televisor chatito y que bien merecido lo tenemos porque nos rompemos el tujes laburando y nadie nunca nos regaló nada, nosotros no tenemos hambre, entonces para nosotros la preocupación es otra.

El otro día pensaba en el hambre. Pensaba en la sensación de que tu hijo venga llorando a pedirte un pedazo de pan y tener que decirle que no quedó más. Pensaba en la gente que toca los timbres de la casa preguntando si no tenés algo para comer y comen lo que les das porque tienen hambre. Pensaba en ellos, en si ellos se van a poner a pensar en el cepo al dólar, o si ellos se van a poner a pensar en el aumento de la nafta. Pensaba que ellos no pueden pensar en eso porque cuando tenés hambre no pensás en nada más que en llenarte la panza.
Y pensaba que es cierto que el peronismo se ganó una base de votos muy grande y en que Perón se murió hace casi medio siglo y hay gente que ni siquiera había nacido cuando él gobernaba que hoy lo tiene como líder. Y pensaba que sí, seguramente si yo tuviera hambre y viniera alguien que me da de comer, le estaría agradecida toda mi vida, y les diría a mis hijos que estén agradecidos porque ese señor tan bueno me dio de comer a mí y les dio de comer a ellos.

Y pensaba en todas las cosas malas que tuvo el peronismo que fueron muchas, pero también pensaba que el país es la gente y que cuando la gente tiene hambre el país anda mal, y que un gobernante (venga de donde venga, llámese como se llame) que se ocupa del pueblo, un gobernante que piensa primero en sacarle el hambre a la gente, después en resolver los otros problemas, que se ocupa de ellos, de los marginados, de los que nos miran con ojos tristes cuando los clasemedieros miramos para otro lado haciéndonos los distraidos porque “nos hace mal verlos así”, un gobernante que los mira y que los nombra y que los tiene en cuenta, tan pero tan malo no debe ser.

Porque para nosotros es muy fácil criticar las técnicas populistas que consideramos funcionaron como anzuelo para tener prendida a la clase baja, y después tomarnos un vinito, comer un buen plato de comida e irnos a dormir con tres frazadas y la tele prendida. Para nosotros es muy fácil ver los programas de la villa y decir “pobre gente, me hace mal ver esto” y cambiar el canal y poner cachorritos en el Animal Planet. Para nosotros es muy fácil la vida, pero ellos siguen estando aunque no los veamos. Ellos están ahí hoy muertos de frío y con la panza vacía. Ellos siguen tomando mate amargo y guardándole el pan a los chiquitos para que desayunen. Ellos siguen ahí, olvidados, marginados, trabajando tanto o más que nosotros, pero sin un décimo de las posibilidades que tenemos nosotros de vivir (bien).

Entonces andá a hablarles de populismo a ellos, andá a decirles que Perón o Eva o Néstor o Cristina los engancharon para llenarse de poder. No les importa, porque lo que les importa es que les dieron un lugar donde vivir, unos mangos para manejarse, un plato de comida para los chicos. Y vos me dirás “¿se lo merecen? muchos son vagos, yo laburo todos los días”. Y sí, muchos son vagos, muchos no son vagos, pero la cuestión no es juzgarlos, no es determinar desde nuestra cómoda clase media qué se merece cada uno, ¿acaso nosotros nos merecemos lo que tenemos? No importa eso, no importa el mérito, importa la necesidad. No sé si se merecen tener donde vivir, qué comer y con qué vestirse, pero sé que lo necesitan, porque existen, porque están y porque mirar para otro lado y cambiar de canal no los borra del mapa.

Entonces, después de tanto pensar, me hice peronista. (Bueno, peronista es una forma de decir, nunca me voy a olvidar de que Perón traicionó a la izquierda que lo apoyaba y no voy jamás a venerar a una persona, pero sí entiendo de dónde vienen, aunque nunca podré saber adonde van)
Porque para mí lo más importante es que todos tengamos, como mínimo, la posibilidad de comer, de vestirnos y de vivir con un poco, no te digo mucho, un poco de dignidad. Y sí, Perón fue toda la mierda que ustedes quieran, y lo hizo con la motivación que sea, para llenarse de plata él, porque estaba enfermo de poder, porque quería ser el emperador del Universo, no me importa para qué lo hizo, me importa que, por lo que cuerno sea, él no miró para otro lado, no hizo oídos sordos, no se llenó la boca de promesas vacías. Se ocupó de ellos y les dio de comer. Y como dijo un ex funcionario el otro día “¿de qué me sirve tener un tesoro nacional inmenso y un PBI por las nubes si la gente se está muriendo de hambre?” 

El país es la gente, si la gente tiene hambre, al país le está yendo muy, pero muy mal, aunque esté fuera del “default”, aunque el “riesgo país” sea cero, aunque el FMI se muera de ganas de volver a hacer negocios con nosotros. 
Si los argentinos tienen hambre, la Argentina está MAL.

domingo, 3 de abril de 2016

Un manifiesto

PARA MÍ ser Kirchnerista no necesariamente implica justificar lo injustificable. Si hubo corrupción, está bueno que se investigue, se procese y se condene; pero eso va más allá del partido político, eso lo digo como regla general de la vida.
Creo que considerar que todos los Kirchneristas justifican robos y hechos de corrupción es una simplificación que estigmatiza y propicia un prejuicio muy nocivo para la coexistencia pacífica de la sociedad.

A mí me parece que, dentro de las posibilidades de gobierno que tiene este país, por cómo están repartidas las cartas, por cómo se desarrolló su historia, por cómo se manejan los asuntos públicos, hasta ahora, en lo que llevo de vida conciente, el kirchnerismo ha sido el gobierno que más benefició a las clases trabajadoras y que más se abocó a la igualdad social.
Pensar eso no significa que uno vaya a pensar que lo mejor que existe en la faz de la tierra sea el kirchnerismo, que sea el gobierno ideal o que no hayan cometido errores (o delitos incluso) durante su gestión. 

No sé por qué a tanta gente le cuesta tanto entender las cosas de modo global sin caer en fundamentalismos.
Yo digo que soy K, pero eso no significa que yo le prenda una velita a San Néstor todas las noches, ni que rece un Ave Cristina. Sólo significa que me caen más simpáticas las políticas que aplicaron ellos, que (acertadas o no, no lo sé porque no soy omnisciente) se inclinaron más hacia el beneficio de las masas, y eso se vio en las calles y en el día a día.
No concuerdo con la idolatría (que existe) de figuras populares, no profeso la fe ciega. Sólo analizo, pienso y evalúo de acuerdo a mis capacidades y limitaciones, y concluyo que el kirchnerismo ha servido más a la Patria que los otros gobiernos que hemos tenido desde que tengo uso de razón. Por cierto, me gusta mucho la frase “la Patria es el otro”, pero me gusta para pensarla, para analizarla, como todo.

La Patria no es un cacho de tierra ni una bandera alta en el cielo. La Patria soy yo, que tengo un iPhone y un smart tv, y también es el vecino que usa la ropa que yo dono cuando me cansé de usarla, y sí, la Patria también es el que vive en un barrio privado y viaja en un Mercedes con chofer. 
La Patria es pensar en todos un poquito, es no mirar sólo tu propia huerta y asegurarte de que tenga agua, cagándote en que por regar tu jardín estás quitándole el agua que usa para tomar el de al lado. 
La Patria es un colectivo de seres humanos, y trabajar por la Patria es trabajar para que todos tengan posibilidades de vivir dignamente. No voy a caer en el concepto naive de los yanquis y la “búsqueda de la felicidad”, porque la felicidad es un estado del alma, no depende del gobierno, pero sí me parece que todos tenemos derecho a la búsqueda de la dignidad, y en eso, puntualmente en eso, creo que el kirchnerismo hizo más que los otros que tuvieron la oportunidad. 
Y puedo estar equivocada, como cuando creí que De La Rúa iba a “terminar con esta fiesta para unos pocos”. Puedo estar equivocada como cuando creí que Europa me iba a dar lo que en Argentina me faltaba, o como cuando creí que Estados Unidos realmente daba igualdad de posibilidades a todos sus cuidadanos (no lo digo por mí, que sólo fui residente legal, hablo de sus ciudadanos). Y si estoy equivocada lo admitiré, como siempre lo hice.


Hoy, dentro del espectro político como está planteado, dentro de las posibilidades que tenemos en nuestro país, y después de mucho análisis, muchas dudas y mucho pensar, creo que soy K.

jueves, 31 de marzo de 2016

Una certeza en el mar de dudas. Obsesiones y autoaceptación. Percepciones propias y ajenas. El poder de la terapia cognitiva-dinámica. Una conclusión confusa.

Entre tantas dudas y a partir de un escrito que vi en una red social me surgió la necesidad de volver a un tema sobre el que había escrito sin publicar. 
Hace un tiempo vi una serie de documentales sobre obsesiones con el cuerpo, desórdenes alimenticios, cirugías estéticas, adicciones, ese tipo de temas. Cosas que decían los entrevistados me llevaron a pensar en la aceptación, en la autoaceptación para ser más exacta.
No específicamente la aceptación del cuerpo de uno, aunque es una parte importante de sentirse cómodo con lo que uno es, sino más particularmente me puse a pensar en los problemas de aceptación que he tenido yo (que no se relacionan con lo físico) y en cómo llegué a superarlos.
Revisando escritos viejos encontré un trabajo que hice para terapia a principios de 2012 que describía cómo o quién me gustaría ser. Para gran sorpresa mía, todo lo que hace cuatro años consideraba un ideal imposible de la persona en la que me gustaría convertirme son características que hoy considero que cumplo. No sé exactamente cómo pasé de querer ser esas cosas a finalmente serlo, pero gracias a ese escrito sí pude comprender por qué ahora me siento cómoda con mi forma de ser: porque soy la persona que yo quiero ser. 

En ese documental hablaba un experto que decía que muchas veces nuestra percepción de nosotros mismos está tan influenciada por cómo creemos que los otros nos ven que no somos capaces de vernos a nosotros mismos sin interponer esa supuesta lupa ajena. 
Me parece interesante ese concepto en los tiempos que corren, donde hay tanto esfuerzo de tantas personas por mostrarse a sí mismos de determinada manera, por construir una imagen de sí que representan en redes sociales e incluso en la vida de carne y hueso. Tanto esfuerzo hacemos a veces por sentir la aprobación, la admiración, la aceptación de otros, que nos olvidamos de aceptarnos a nosotros mismos y así terminamos siendo seres que no nos gustan y al final sentimos que no tenemos el control sobre quiénes somos.
¿Cómo llegué a sentirme satisfecha conmigo? No sé, quizás haya sido el trabajo de la terapia, tal vez haya sido que dejé de mentirme a mí misma, que indagué hasta encontrar quién quería ser y finalmente me di cuenta de que ya era esa persona y la estaba enmascarando para encontrar aprobación en otro lado.
Así, aceptándonos realmente, siendo en esencia la persona que uno mismo quiere ser, así es como se puede afrontar el rechazo, la burla, la agresión del otro, sin que realmente nos afecte como algo personal, sin que la visión que otros tienen de nosotros ponga en duda cómo nosotros nos sentimos con respecto a nosotros mismos. ¿Se entendió?

Siguen las dudas. Basta ya de dudas. Qué es la realidad. Don Quijote y sus desvaríos. La palabra Kirchnerismo como síntesis de una idea. Sócrates, porque sí.

La vez pasada hablaba de dudas y lo cierto es que la única certeza que tengo es la incertidumbre. Sí, ya usé esa frase con anterioridad, pero parece acrecentarse con los años en lugar de disminuir.
Hace un rato terminé de leer la primera parte de Don Quijote de la Mancha y aunque sabía de qué se trataba nunca le había prestado mayor atención. Soy de esas personas que disfrutan de las casualidades (o peor, de las que creen que las casualidades no existen, sobre todo las literarias) y creo que no es casual que en medio de mi período reflexivo y dubitativo aparezca una figura tan simbólica -si se quiere- como resulta la de Don Quijote, tan inmerso en su ficticia realidad que le resulta inverosímil la realidad “real”.
Me pregunté varias veces a lo largo del libro cuántos de nosotros no pareceremos Don Quijote alguna vez en algún debate en el que se nos asegura que las cosas son así pero estamos tan convencidos de que son asá que nos negamos a ver pruebas evidentes de la realidad. 
“La única verdad es la realidad” le gustaba decir a Juan Domingo, pero ¿qué es la realidad? o mejor dicho ¿quién es capaz, en su limitación humana, de conocer la realidad?
La realidad, a mi parecer, es que antes el sueldo me alcanzaba para más cosas, entonces ¿por qué hay gente convencida de que las medidas del nuevo gobierno son mejores? 
¿Son ellos los Quijotes convencidos de que la bacía de barbero es un yelmo de oro, o soy yo la equivocada que vivió doce años en un mundo de fantasías, con caballeros andantes, castillos encantados y damiselas en apuros?
¿De qué realidad absoluta puedo asirme para no ahogarme entre tantas relatividades? ¿Cómo puedo dejar de dudar de mí misma, de mis percepciones, de mi interpretación del mundo? 
Hace un par de días me declaré kirchnerista. No sé en verdad si soy kirchnerista o trotskista, o si soy algo. Me declaré kirchnerista para no discutir, para no tener que justificar o argumentar, para en una palabra resumir más o menos mi punto de vista con respecto a las medidas del nuevo presidente sin tener que explayarme. Pero la verdad es que no sé.
Como dijo uno una vez, sólo sé que no se nada, y a veces, ni siquiera sé eso.