Hoy me desperté, imagino que como todos, con la noticia del ataque de Estados Unidos a Venezuela. No voy a hacer ningún tipo de análisis geopolítico porque no es lo mío, pero sí quiero reflexionar sobre mi propio país, sus inmigrantes y una medida que me parece no sólo peligrosa, sino que sospecho inconstitucional.
Horas después de la ocupación colonial de Estados Unidos en el país hermano, nuestro jefe de Gabinete anunció una restricción migratoria a ciudadanos venezolanos relacionados al “Régimen de Maduro”, es decir que hoy el poder ejecutivo decidió que el derecho a ingresar a la Argentina depende de afinidades ideológicas. Una verdadera catástrofe democrática.
Antes de que el lector objete, aclaro que entiendo que el decreto explicita que se trata de “colaboradores directos o indirectos” del mencionado régimen, y no refiere a cualquier ciudadano de a pie que simplemente haya coincidido con las políticas de Maduro, pero permítanme dudar de que no empiecen a considerar que un posteo en redes sociales a favor del mandatario sea tomado como colaboración para filtrar la inmigración venezolana en nuestro país en función de cómo piensa cada uno.
A esta altura de mi vida, yo sé muy bien en qué Argentina quiero vivir, y tengo perfectamente claro que uno de los mayores orgullos de haber nacido en esta gloriosa nación es su política de puertas abiertas. Yo celebro que ciudadanos de cualquier parte del mundo y de cualquier ideología que elijan vivir dignamente en nuestro suelo tengan la posibilidad de hacerlo sin mayores inconvenientes. Tengo la convicción de que no hay mejor destino para mis impuestos (y los pago todos) que solventar un servicio gratuito de salud y educación en todos los niveles para cualquier ser humano. Yo abrazo intensamente la diversidad cultural, sostengo que migrar es un derecho y que argentino es todo el que quiere vivir acá, porque nada me da más orgullo que vivir en un país donde la condición de ser humano supera a la circunstancia azarosa del lugar de nacimiento.
Hoy miraba en televisión a masas de venezolanos antimaduristas festejar a grito de gol que su país haya sido bombardeado por Estados Unidos y que el imperio del Norte se disponga a gestionar sus recursos naturales y su política interna con una especie de encargado al mejor estilo de un virreinato. No puedo y nunca podré coincidir con una persona que celebra un suceso de tales características, pero también me resulta imposible empatizar con muchos de los comentarios que vi en redes sociales de parte de personas muy afines a mi ideología, que cuestionaban el derecho de esos inmigrantes a habitar este suelo y se indignaban de que hubieran podido venir a vivir acá con ese pensamiento tan distinto al propio.
Yo soy, ante todo, militante de la democracia. Y para mí la democracia implica poder vivir entre personas que no piensan como yo. Y claro que defiendo la soberanía de los pueblos y por supuesto que me parece una verdadera aberración festejar una ocupación imperial en el país de origen y sin dudas que jamás podría ponerme contenta si eso ocurriera en Argentina, aún cuando yo me encontrara viviendo en otro lugar; pero pedir la expulsión de ciudadanos venezolanos que repudian a Maduro o que profesan ideas de ultra-derecha nos vuelve iguales al gobierno que quiere prohibir el ingreso de maduristas por su forma de pensar.
Si nos parece una aberración ser discriminados por pensar de tal o cual manera, si nos escandalizamos con la intolerancia ideológica, si nos jactamos de que el amor vence al odio y de que la patria es el otro y de la Patria Grande Latinoamericana, no seamos como los que tanto criticamos. Sería hipócrita si dijera que me encanta cómo piensan los venezolanos que celebran con perreos en el Obelisco que su país sea invadido por el principal imperio de Occidente del siglo XXI, mentiría si dijera que podría tranquilamente ser amiga de uno de ellos. Claro que no, a mí me genera rechazo y repudio profundamente semejante acto de cipayismo y humillación de parte de mis hermanos latinoamericanos, pero ellos son libres de pensar como quieran y de atenderse en nuestros hospitales públicos y gratuitos cada vez que lo necesiten, porque esa es la Argentina en la que yo quiero vivir.
Yo sé cómo quiero que sea mi Argentina. Claramente hoy no coincido con la mayoría de mis compatriotas, que votaron a Milei y ratificaron su voto en las legislativas nacionales del año pasado, pero la democracia es así.
No voy a renunciar al sueño que me propuso Néstor Kirchner en 2003 y me niego a convertirme en lo mismo que repudio públicamente con intensidad.
Puedo, por ahora, tolerar vivir en este país donde hoy reina el individualismo y el odio, pero no me van a contagiar, porque si yo quiero vivir en una Argentina justa, libre y soberana, mínimamente tengo que contribuir con mis actos, con mis dichos, con mi modo de pensar, a que mi país sea como yo lo sueño.