Uno de los grandes logros recientes de la derecha fue haber podido vaciar de sentido al significante “progresista”. Esta operación le permitió acercarse a un sector del peronismo más ortodoxo o conservador que solo había comulgado con el progresismo kirchnerista por verticalismo partidario, pero que en realidad siempre se sintió incómodo con las conquistas sociales de minorías y con los avances en materia de libertades individuales que hicieron tambalear sus rígidas pero no sólidas estructuras sociales: el concepto de familia, la concepción de cómo debe vivirse la sexualidad e incluso, en los casos más radicalizados, los roles de género.
Cuando una palabra pierde su valor denotativo y pasa a ser una especie de comodín que sirve para representar a una amalgama de reclamos o descontentos, aún habiendo dentro de ella contradicciones o identificaciones sólo parciales, se convierte en significante vacío. Esto ocurrió con “progre”, que de a poco fue ocupando el rol del “villano” en la escena política argentina y pasó de ser la descripción de una concepción ideológica a convertirse simplemente en todo lo malo que existe sobre la faz de la Tierra.
Todo comenzó algún tiempo atrás (pero no en la isla del sol), cuando se empezó a culpar al feminismo de haber ocasionado el surgimiento de movimientos ultra conservadores que cuestionan las luchas por la igualdad de las mujeres y disidencias que, aunque siempre existieron, cobraron mayor visibilidad a partir de 2018. Es lógico y comprensible que, ante avances en la conquista de derechos de minorías, emerjan grupos de indignados que nunca tuvieron que reclamar nada porque siempre formaron parte de los sectores de privilegio. Culpar a las minorías que reclaman por sus derechos es la clásica falacia de la pollera corta; lo cierto es que siempre existieron los machirulos homofóbicos y transfóbicos, pero nunca tuvieron que alzar la voz porque jamás habían sido cuestionados masivamente como ocurrió en aquellos años.
Incluso desde el peronismo, después de haber perdido las elecciones en 2023, cuando Argentina se encontraba al borde del colapso económico y el candidato que eligieron a dedo era nada menos que el ministro de economía, la culpa igual la teníamos las mujeres y disidencias porque “el peronismo debe gobernar para las mayorías, no para las minorías”, y así con todo. Pero las mujeres ya estamos acostumbradas a que se nos eche la culpa de todo, porque así es como funciona el patriarcado (y no voy a elaborar).
El verdadero problema aparece cuando la derecha capitaliza esos cuestionamientos internos de las diversas facciones del peronismo y aprovecha que el progresismo está siendo atacado por sectores previamente afines para transformar el término en una representación de todo lo malo de la humanidad: de pronto los progres pasamos de ser personas que simplemente buscaban una comunidad plural con lugar para todo el mundo a ser malditos, hipócritas, egoístas, etc.
Hace un par de días, una tuitera que se hizo famosa en plena “tercera ola” apelando a la sensibilidad progre afirmó, sin ningún tipo de tapujos, que “los fachos son menos hipócritas con la plata. Los progres son lo peor en eso”. Y así se va construyendo un nuevo sentido común donde la palabra “facho” pierde su connotación negativa y los progres somos el nuevo enemigo público.
Ahora resulta que, además de ser “la policía de la moral que te dice qué palabras podés usar y cuáles son violentas”, también somos unos ratas hipócritas que no prestamos plata. Mientras tanto, la derecha avanza casi sin resistencias en su camino, promoviendo una reforma laboral esclavista, la baja de la edad de imputabilidad y una propuesta de sociedad que expulsa a todo el que no se ajuste a una norma represiva, anticuada y cercenante.
Mi única conclusión posible es citar otro viral de X: “qué peligroso, qué triste”.