El otro día fui al supermercado y
me dijeron un piropo. No fue nada ofensivo, no entendí bien qué me dijo pero no
era una grosería. Cuando salí del super agarré por otro lado para no volver
por la esquina donde estaba el que me gritó.
Yo sé que el Presidente está
convencido de que nos gusta que nos digan que tenemos buen culo, pero yo, con
33 años, hice una cuadra más para evitar cruzarme con el que me había
piropeado. Para que no piense que lo
estaba provocando, para que no se sienta con derecho a volver a gritarme algo
que yo no busqué ni disfruté.
Hoy me dijeron que no hable de
igualdad cuando yo también elijo los jeans que me hacen buen culo para que me
miren los tipos. No quiero ser hipócrita, si no me gusta cómo me queda un jean
no me lo compro (que no quiere decir que me los compre para que me miren los
tipos), pero eso no quita que yo pueda hablar de igualdad.
Yo no voy a la marcha del #NiUnaMenos.
No la siento mi causa. No porque no esté de acuerdo con la consigna, estoy
absolutamente de acuerdo con la consigna ni una menos, pero no es mi marcha.
No estoy de acuerdo con lo
trivializada que está la lucha de género, con lo tergiversados que están los
conceptos. No estoy de acuerdo con el circo mediático que se hace alrededor de
las víctimas de violencia de género. Se empieza a hablar del tema en los
programas de chimentos, se hace un operativo sobre una orden de restricción en
el programa de Tinelli, se muestra a mujeres con moretones en tapas de
revistas, se vuelve superfluo, insignificante, se vuelve un chiste, una burla,
un chusmerío más.
Y yo creo que trivializar una
lucha es una buena forma de desprestigiarla, de ningunearla, de matarla. Así
como quisieron hacer con los docentes sugiriendo que cualquier hijo de vecino
era capaz de reemplazarlos (y gratis) en las aulas. Así como quisieron hacer
con la marcha de ayer, diciendo que se trataba de vagos que fueron por el chori
y la birra.
Pero con el movimiento obrero no
pueden, con los docentes no pueden, y ¿saben por qué no pueden? Porque los que
luchan no se prestan. Porque los docentes y los obreros no se prestan al circo
mediático, no compran la basura de los medios hegemónicos, en cambio, las mujeres
sí. Las mujeres mismas se juzgan entre ellas (¿debería usar el nosotros en esa
oración?), las mujeres dudan de sus congéneres, las mujeres son las que se
prestan a banalizar un tema tan grave y tan profundamente arraigado en nuestra
sociedad como la violencia de género, y son mujeres las que critican la lucha
de género al grito de “¿para qué marchan? Si ya somos libres”.
No, no somos libres, pero no, no
voy a ir a la marcha del #NiUnaMenos. Igualmente yo no voy a bajar los brazos,
porque como mujer me comprometo a no juzgar a las otras por lo que tenían
puesto cuando las violaron, me comprometo a creerles a mis congéneres cuando
dicen que sus parejas les pegaron (no necesito ver moretones), y a no preguntar qué hicieron para que les peguen, me comprometo a
no enojarme con la amante si mi pareja me engaña, me comprometo a no culpar a
las mujeres de su situación de oprimidas.
Yo me comprometo a no callarme
nunca, aunque se aburran de lo que tengo para decir, aunque les canse que cada
8 de marzo me indigne por los saludos en boca de misóginos y por la banalización del día, transformándolo en una ocasión para vender flores y bombones, aunque se pudran de que me descargue en un escrito, y aunque sigan acusándonos a las mujeres de hablar mucho/demasiado, yo no me voy a callar: nunca.
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