miércoles, 28 de diciembre de 2022

Ni Maradona ni Messi: yo me quedo con los dos

Un texto que escribí hace ya más de cinco años (en noviembre de 2017), que se pretende cuestionar no a los futbolistas mencionados sino lo que se hace con ellos (o de ellos) desde los grupos de poder que dominan el sentido común.

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Maradona o Messi: la otra grieta


Tenemos una cultura basada en dicotomías. La grieta no es, como nos quieren hacer creer los periodistas de los programas de panel, producto del kirchnerismo, viene desde hace mucho tiempo y se extiende más allá del ámbito político a las esferas del deporte e incluso del arte: rojos vs blancos, liberales vs conservadores, peronistas vs radicales, bosteros vs gallinas y hasta escritores de Boedo vs los del grupo Florida.

Así como las anteriormente mencionadas, la grieta Maradona vs Messi, no está desideologizada ni responde a meras pasiones futbolísticas, tiene que ver con un ideal más vasto que el simple modo o caildad de juego de un deportista, se trata de la construcción de un sujeto de representación nacional que responde necesariamente a ciertas características que se pretende imponer como “ejemplares”.


Maradona, el héroe de Villa Fiorito, el pibe de los pies excepcionales que salió del potrero y llegó a ganar la copa del mundo, el joven que de la nada pasó a tenerlo todo y en un abrir y cerrar de ojos, así como obtuvo la gloria máxima, también le cortaron las piernas. El Aquiles del futbol, ágil en cuanto a sus pies, pero con una debilidad que le representó la derrota deportiva y el descrédito público como ser humano.

Messi, el nene con problemas de crecimiento al que todos los clubes del país le cerraron las puertas hasta que en España, en la “Madre Patria”, le dieron asilo y tratamiento para que se desarrollara correctamente. El superpibe que ganó todo con su club europeo pero que nunca pudo levantar una copa con la celeste y blanca. El Odiseo, inteligente, de juego astuto y personalidad rebuscada, pero engañosa. 

Dos paradigmas del héroe nacional antagónicos no tanto por su personalidad, por su desempeño en la cancha o por su modo de vida, sino fundamentalmente por la construcción que periodistas, intelectuales e ideólogos han hecho de ellos. Por la mitología detrás del héroe.


¿A qué me refiero con “construcción mitológica del héroe”? Me refiero al discurso que convierte a Maradona en el representante de las clases bajas, el nuevo rico, el que tuvo todo y no supo qué hacer con eso. Espontáneo, impulsivo, sincero y directo, Maradona dice lo que siente y lo que piensa sin tener en cuenta las consecuencias, pero haciéndose cargo de toda opinión que emite. 

Maradona, el que venció a los ingleses después de que ellos nos ganaran –con ilícitos y delitos de guerra- las Islas Malvinas, el que nos reivindicó frente a una derrota que había sido demasiado dolorosa, demasiado injusta y demasiado triste. Pero que también lo convierte en Maradona, el que se divorció de Claudia y empezó a reconocer hijos de distintas mujeres. Maradona el drogadicto. Maradona el de la noche, el que no puede hilar una frase, el de la joda, el que habla sin pensar. 

Maradona, el villero, el groncho, el que hace cualquier cosa, el que embaraza a cualquiera. Maradona el antifútbol. Maradona el antihéroe. Maradona el ejemplo de todo lo que no hay que ser.


La versión iconográfica de Maradona es la pasión, el corazón, los sentimientos. Es el Aquiles guerrero que lucha porque es su deber, que siempre defiende lo suyo, que no pierde su honor, y que solo pelea si él quiere, que pelea por vengar la muerte de Patroclo pero no por hacerle el favor a Agamemnón. Es el Aquiles que es pura emoción, pura

energía, pura fuerza vital.


Del mismo modo se construyó con Messi (el rosarino), al representante de la clase media, que viene de padres que hicieron todo por su hijo.

Messi es un repatriado, símbolo del crisol de razas que nos conforma, un híbrido entre lo americano y lo europeo. Messi, que lleva en la piel la camiseta azulgrana del Barcelona. Messi, que no se sabe el himno. Messi que se descompone de los nervios antes de los partidos.

Messi con su mujer hermosa y sus varones impecables, con su familia de portarretrato, intachable conducta en la cancha, intachable moral: fiel, dedicado, un verdadero hombre de familia.

Messi –el personaje que creó la prensa, no la persona de carne y hueso- es la mente, es la razón, es la lógica. Es el Odiseo medido que piensa todo con astucia antes de hablar, antes de moverse, antes de hacer algún acto público. Es el Odiseo expatriado que tiene que atravesar años de adversidad antes de poder volver a casa, o antes de poder llevarse la copa con su camiseta natal.


El periodismo se ha encargado de estigmatizar a Maradona porque Maradona no es funcional al modelo de héroe que necesita la derecha conservadora. Porque Maradona es un hombre posmoderno, es el de la familia ensamblada, el de las relaciones conflictivas, el que se hace cargo de su propia vida, el que dice lo que piensa aunque no guste.


Messi, en cambio, es el paradigma de la tradición, el hombre clásico con su familia incuestionable, el hombre ejemplar de libro de texto del siglo pasado. Messi es el políticamente correcto que nunca se equivoca. En todo caso, si algo se le puede cuestionar a Messi es la falta de patriotismo, que al fin y al cabo no parecería ser tan grave para los intereses que persiguen quienes pretenden hacer de él un ícono nacional.


No me parece casual que se hagan construcciones mitológicas de estos dos sujetos. No me parece para nada inocente que no se diga nada de los delitos de evasión de impuestos de Messi, que casi no se hable de que varias veces estuvo a punto de terminar preso por tener sus fondos en paraísos fiscales, y si no él, su padre, que sabiamente le maneja los fondos -no vaya a ser cosa que se ensucie el nombre del héroe.


Maradona no puede hacer nada sin ser hostigado por la prensa, por haber sido auténtico, por ser él mismo, por ponerse del lado de los pobres y ser amigo de Fidel, de Chávez, de Cristina. El delito de Maradona fue haber sido adicto. La condena social a la adicción de Maradona responde a la lógica conservadora de culpar a la víctima. Hoy sabemos que la adicción es una enfermedad que uno padece, sin embargo se lo responsabiliza de su adicción como si tuviera la culpa de todo lo que le pasó a él y, más aún, de todo lo malo que nos pasó desde su caída futbolística. Se culpa a un sujeto que en realidad no hizo más que hacer lo que podía con lo que tenía, o como diría Sartre, con lo que los demás hicieron de él.


El periodismo ha construido con la figura de Messi un ícono de la clase media, un modelo a seguir de la sociedad de valores conservadores y moral pequeño burguesa, y se ha apoyado en esa versión de Messi para destruir al ídolo que alguna vez fue Maradona y

transformarlo en ícono de la decadencia, en antihéroe al que debemos evitar parecernos.

No vaya a ser cosa que tengamos como líder a un hombre que reivindica a la cultura popular, que valora el esfuerzo que hace la gente de los sectores más bajos (económicamente, claro está, porque los sectores más bajos moralmente son otros). No vaya a ser cosa que tengamos como ídolo a un hombre que cometió errores y que se hizo cargo de ellos, a un hombre que luchó contra las adicciones y salió con todo en su

contra. No vayamos a tener como ejemplo a un hombre que se hizo solo desde abajo, con nada más que sus padres acompañándolo en todo, que siempre tuvo que nadar contra la corriente, que siempre estuvo en el blanco de todos los ataques periodísticos y aún así se hizo respetar.

No vaya a ser cosa que tengamos como héroe a un hombre que no se preocupó por aparentar una vida que no tenía sólo para evitar el qué dirán.


Messi vs Maradona. Maradona vs Messi. No son dos futbolistas, son dos estilos de vida. Claramente hay una bajada de línea que trasciente lo deportivo y utiliza la grieta inocente del futbolero desprevenido para instaurar un modelo de comportamiento alienado que nos aleje de la revolución popular y de la transparencia y honestidad, ponderando la falsedad y la hipocresía que han mantenido al capitalismo como sistema dominante durante el último siglo. 


La Plata, 21 de noviembre de 2017

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lunes, 19 de diciembre de 2022

Del fútbol y el arte. De las creaciones colectivas. Del arte de las masas. Del campeonato del mundo y las gestas independentistas.

“No, yo soy una persona culta, yo prefiero leer un libro”. “No miro fútbol, el fútbol es el opio de las masas”. “Yo no me voy a dejar lobotomizar por un partido de fútbol, estan todos como idiotas, como automatas alienados, mirando eso mientras el mundo se cae a pedazos”. 

Pero, ¿y si el fútbol también tiene arte? ¿Y si también hay arte en el deporte? Yo me pregunto,¿estas personas dirían lo mismo de una pieza musical, de una escultura, de una obra literaria o de teatro que despierte gran fervor popular?


Cuando me cuestiono si hay arte en el fútbol, no estoy hablando de las gambetas, de los caños, los sombreritos o de los centros magistralmente colocados a los pies del delantero que finalmente mete el gol. Me refiero a algo mucho más sencillo y fácil de ver: hablo del fútbol como disparador de expresiones artísticas de las más tradicionales, sin tener que ir a buscar el arte en un buen tiro de esquina o en un quite limpio. Hablo de, por ejemplo, los murales, de la poesía, de la música. Hablo del arte de la lírica de la cancha, de las letras de las barras bravas, que encierran componentes poéticos incluso cuando sus autores lo ignoran por completo, hablo de los bailes coreográficos de las tribunas de los grandes estadios del mundo, de las “olas” perfectamente sincronizadas, de las hinchadas bailando “la tarantela”. ¿No hay arte ahí? ¿O solo podemos considerar que una obra es artística si se encuentra en un museo, cuidadosamente curada, iluminada y sacralizada por el canon?


Uno de los grandes poetas de la lírica antigua es Píndaro. 

Píndaro, el poeta griego clásico que hoy se traduce en los recovecos más elitistas de las academias del mundo, componía epinicios, es decir, hacía canciones para dedicar a los campeones de las competenicas deportivas y así consolidar su gloria con una manifestación artística en su honor. 


En la Grecia Antigua en general -y en la oda pindárica en particular- se entremezclaba el deporte con la mitología, se pedía ayuda a los dioses para que el atleta favorito saliera campeón y se agradecía debidamente cuando esto sucedía. Nada que se aleje demasiado de lo que ocurre en nuestros días. 

La mitología popular otorgó a Diego Maradona el título de deidad menor, capaz de intervenir en los asuntos humanos -en particular en los deportivos- para favorecer a aquellos que le rindieron culto en vida y post mortem. 

Estos últimos días se buscaron señales que nos fueran indicando que saldríamos campeones, muchas de ellas con “D10s” mediante (nubes con forma de Maradona besando la copa, fotos de Diego delante de un cartel que decía 18 de diciembre, manchas de grasa en la cocina con la forma de la copa del mundo y hasta un almanaque de 1986 con una dirección en la calle Julián Álvarez). La mitología popular se asemeja mucho a la griega clásica aunque a una la consideremos banal y absurda y la otra se ubique muy cómoda en el pedestal de la cultura ilustrada. 

¿Acaso diríamos que leer las Olímpicas de Píndaro es “el opio de las masas”? Yo creo que no.


El otro día en twitter una escritora se preguntaba si no había un error en la preposición en la frase “al Diego desde el Cielo lo podemos ver/con Don Diego y con la Tota/alentándolo a Lionel”. Ella argumentaba que la frase correcta debía ser “en el Cielo”, ya que no somos nosotros quienes estamos allí, sino Maradona. Esto abrió un debate sobre la posibilidad de que en esos versos hubiera hipérbaton (la figura retórica que consiste en alterar el orden del fraseo) y que la lectura lineal de la frase en realidad fuera “al Diego lo podemos ver alentándolo a Lionel desde el Cielo, con Don Diego y con la Tota”.

Lo curioso del debate fue que una mínima investigación nos llevó a descubrir que la letra original de la canción no tiene hipérbaton ni tiene una preposición mal utilizada. La canción de La Mosca no dice “desde el Cielo” sino “en el Cielo”. Pero entonces, ¿por qué en las plazas y en las esquinas, todos cantamos “desde el Cielo” y no “en el Cielo”?

Porque el arte es así. Porque en muchos casos las creaciones colectivas superan a la del poeta original. Porque los seres humanos instintivamente buscamos la belleza en las cosas y sin lugar a dudas transformar una oración simple en un par de versos con hipérbaton le agrega belleza a la pieza.

Pero la estamos cantando mal. ¿La estamos cantando mal? Yo creo que no, porque desde siempre los poemas épicos fueron y son creaciones colectivas, y aunque en la actualidad ya no tengamos gestas como la del Mio Cid para loar de pueblo en pueblo con un canto que resuene y pueda ser repetido por todos hasta que se difunda la noticia de la victoria, sí tenemos nuestra propia épica, a nuestro modo. Y las gestas de la actualidad no son guerras, son competencias deportivas, y muchas veces, como pasó en el 86 con “el gol del siglo”, sirven para saldar deudas bélicas de una manera más sana, más amable y más feliz, pero no por eso menos poética.

jueves, 4 de agosto de 2022

Terminar la facultad. Algunas cosas que aprendí. Para qué sirve lo que estudié. Jamás creí que me recibiría, pero pasó.

Abandoné Derecho cuando me di cuenta de que Poder Judicial no era sinónimo de Justicia, y elegí Letras porque de todos los profesores que había tenido en la escuela, las de lengua y literatura eran a las que más me quería parecer. 

Muchas veces me han preguntado para qué sirve ser licenciada en letras y la verdad es que sirve para muchas cosas, pero a mí en particular me sirve para llegar a ser la persona que siempre quise ser. Porque con el arte, y especialmente con la literatura, uno puede ver el mundo a través de otros ojos, ver el mundo como lo ven los demás, y eso me ha enseñado que la capacidad de ser sensible no es una debilidad sino una fortaleza.

Dejé Letras varias veces para ir a encontrarme a mí misma en los rincones del mundo y recién en 2012 empecé de nuevo, de cero, con otro plan de estudios y siendo yo ya otra persona. Siento que lo mejor que pude hacer fue haber estudiado en mi madurez y darme el tiempo que necesitaba para aprender que esto que hoy se está terminando no fue más que otro viaje, ya no por el mundo, sino por los mundos que la literatura nos ofrece.

Brindo por mi mamá, a quien en su lecho de muerte le prometí que no iba a abandonar aunque suspendiera un tiempo para cuidar de ella.

Brindo por mi papá, que me enseñó a disfrutar cada paso del camino y me acompañó hasta donde la vida le permitió.

Hoy están conmigo en mi alma, donde vivirán hasta mi último suspiro.

domingo, 24 de julio de 2022

La postpandemia. Las palabras o su ausencia. La monotonía de la adultez. La vida después de la vida.

 Hace rato que no escribo y me pregunto si será porque no tengo nada para decir o porque todo lo que pasa por mi cabeza muere ahí. Sin dudas, pensamientos no me faltan, pero las palabras a veces no alcanzan para manifestar las ideas que me acechan. 

No tener nada para decir, no tener nada para escribir, y sin embargo pensar más rápido de lo que la mente es capaz de procesar. ¿Cómo se explica eso? ¿Qué (me) hizo la postpandemia? ¿Acaso me silenció?


El otro día leía un hilo de twitter que expresaba con exactitud lo que me está pasando: la vida se volvió monótona. La vida después de la pandemia parece no tener sentido. 

Tal vez no sea eso exactamente sino que cambiaron las (mis) expectativas con respecto a la vida. Tal vez haya creído durante esos meses de aislamiento, de suspensión del tiempo, de introspección y conexión conmigo misma, que luego de que todo eso pasara vendría un tiempo de grandes emociones. Pero ese tiempon nunca llegó. No hay grandes momentos, no hay sobresaltos. Me levanto, voy a trabajar, vuelvo a casa y todo sigue igual. 


Supongamos que tiene que ver con que todas las grandes emociones en mi vida fueron previas a la pandemia. Supongamos que tiene que ver con haberme pasado dieciocho meses al cuidado exclusivo de un enfermo terminal y con después haber atravesado la montaña rusa de emociones que implica perderlo: los lados buenos de la muerte como fin del martirio de su enfermedad en simultáneo con los lados malos de la muerte como fin de ese vínculo hermoso y necesario en mi vida. 

Casi inmediatamente después de vivir sensaciones tan extremas pasé al otro lado del abismo, a la nada misma, a la espera infinita de un tiempo que nunca parecía llegar. Con la amenaza de un virus potencialmente mortal por un lado y el deseo de mi propia muerte a flor de piel por el otro. Sorteé la pandemia como pude, preguntándome a veces por qué desinfecto las compras del supermercado si sería mucho más fácil exponerme a la letalidad de esta cepa que con aparente facilidad terminaría con todo mi sufrimiento.


Estimo que el instinto de supervivencia es más fuerte que el dolor. O tal vez no sea eso. 


De pronto me encontré con que la vida volvió a la normalidad pero ya sin mi padre enfermo y sin una familia cerca que pueda llegar a hacerme sentir necesaria en el mundo. Ir a trabajar se convirtió en un sinsentido después de haber descubierto que mi trabajo se ejerce igual (a veces mejor) remotamente, y de pronto todo lo que parecía ser la meta al final del confinamiento se volvió una carga, una molestia, un motivo más para no tener ganas de levantarme de la cama.

Pero, inexplicablemente, acá estoy, levantada un domingo llenando la hoja aunque ya crea que no me queda nada por decir, ni mucho menos por hacer, pensando que no puede ser que la vida sea esto. Que no puede la adultez ser tan monótnona, que algo va a tener que pasar para que vuelvan las palabras a mi mente, para que vuelvan los sentimientos a mí, para que de pronto pueda volver a sentir que estoy viva. 

jueves, 23 de julio de 2020

Las palabras y las cosas. La pandemia, la cuarentena. Algo que perdimos. Algo que sobra. Un montón de absurdos “para qués” (porque para los “por qués” ya es demasiado tarde).

Todos somos muy concientes de la distancia que separa a las palabras de las cosas, todos conocemos la imposibilidad de decir “con palabras de este mundo” —diría Pizarnik— lo que sentimos, lo que nos pasa, lo que somos. Pero, ¿qué ocurre cuando las palabras son todo lo que nos queda, cuando ya no hay abrazos, no hay miradas, no hay olores, no hay esa “vibra”, esa energía vital que comunica lo que falta?

Ya van varias personas que me dicen que “con la cuarentena” sienten una necesidad mayor de verbalizar sus sentimientos hacia los demás, que están “más sensibles”, o “más expresivos”. Pero siempre hay algo que queda por fuera de nuestra capacidad de decir, hay algo más allá de las palabras y, seamos realistas, no todos somos artistas, no todos podemos dibujar lo que resta, o sacar una foto que comunique, no cualquiera escribe un poema como los de la ya mencionada Alejandra, y sería una coincidencia muy maravillosa (y de hecho lo es) encontrar un artista que pueda expresar exactamente aquello que nosotros no tenemos cómo decir.
Mucho se perdió con la pandemia, no hablo solo de vidas, y de calidad de vida, y de medios de vida, y de modos de vida, que se perdieron con la pandemia, con la cuarentena, con la crisis internacional que se desató a partir de este virus inesperado. Se perdió el vínculo —no quiero decir que cambió, porque en realidad no se trata de un reemplazo, sino de una verdadera y completa pérdida.
Los que me conocen saben que no soy fan de los abrazos, que en el abrazo me siento expuesta, vulnerable, atrapada en el afecto que no sé —o no quiero, o tal vez no puedo— demostrar, pero más de una vez en estos últimos ciento y tanto de días que llevo del llamado “distanciamiento social” me he encontrado extrañando el contacto con el otro (con le otre), aunque ese contacto no esté mediado por un abrazo (tan sofocante como reconfortante), aunque sólo sea el sentir que hay otro ser humano en la proximidad de mi piel.

Lo virtual me agota, me cansa, me hace doler la cabeza. Escucho música pero no hay alguien cantándola en un escenario a pocos metros de mí. Tengo conversaciones pero no hay un mate que va vacío y vuelve lleno y que pasa de mano en mano como un totem de amistad, de secretos, de risas, de historias y de debates que aunque no vayan a cambiar el mundo da gusto entablar. 
Mi casa existe para compartirla. Yo existo para compartirme. ¿Qué es de mi parrilla sin brasas que acompañan una reunión de amigos? ¿Qué es de mis palabras si no hay alguien que las lea? Tantos vasos duermen en la alacena y tantas sillas juntan polvillo y tantos pensamientos mueren en mi mente. ¿Qué sigue? ¿Cómo podemos llenar el vacío?

sábado, 2 de marzo de 2019

De cómo enmascaro el dolor en violencia. El desprecio de la clase media por todo lo nacional. Algo sobre raíces y primeros mundos. Quiénes me robaron mi nacionalidad y cómo la recuperé.

Lo que me duele me vuelve agresiva.

Esa idea de que en Argentina nada se hace bien, esa idea de que todo lo nuestro es “trucho” acompañada de la falacia de que en Europa todo es mejor, eso despierta lo peor de mí.

Porque me lo creí. Porque me lo hicieron creer. Porque no me dejaron elegir, investigar, comprender. Porque me adoctrinaron desde muy chica para despreciar todo lo nuestro mientras aprendía cómo endiosar todo lo foráneo. Porque me lavaron el cerebro vendiéndome el pescado podrido de que solo en “el primer mundo” podría ser feliz porque solo allí las cosas “funcionan”.

Y me fui del país una vez.
Y me fui del país dos veces.
Y dicen que la tercera es la vencida. Y para mí lo fue.

Pero yo tuve la posibilidad de salir del país y comprobar con mis propios ojos que todo eso que me habían hecho creer no son más que giladas. Y todos los que no pudieron vivir en el exterior y descubrir que la vida no es más fácil, no es mejor, no es superior, solo es distinta, siguen creyendo que somos la mierda que no se va del inodoro cuando tirás la cadena. Siguen creyendo que existe un lugar en el mundo donde todo lo que no les gusta de acá no existe y solo hay lugar para las cosas lindas. 
Y esa gente le hace un daño a nuestra cultura pero ellos son tan víctimas como yo. 

Y peor que los "Luis Solari" que, sin haber vivido en otros países, nos venden el verso de que existe un “primer mundo” donde “estas cosas no pasan”. Peor que ellos, más repudiable y más detestable es el que sí vive o vivió en el exterior y vuelve con aires de superioridad a menospreciar la única raíz real que tiene y va a tener que es este país que tanto asco le da.


Bienaventurados los que no crecieron en un seno familiar europeísta, los que fueron educados para adorar lo propio y comprender que en cada cultura hay cosas buenas y malas y bellas y feas y la nuestra no es mejor ni peor que ninguna otra. Yo no tuve esa fortuna. Yo tuve que salir y hacer la experiencia sola. Y eso me pesa. 

Me pesa porque recién a los 26 años pude escuchar un tema entero de Charly sin que nadie viniera a censurármelo al grito de “eso es una basura”. 
Me pesa porque recién después de los 30 descubrí nuestro folklore (conocí a León Gieco a través de Joan Baez y de la versión en inglés de “Solo le pido a Dios” por Bruce Springsteen).
Me pesa porque me siento engañada, porque siento que me robaron parte de mí, parte de mi identidad, parte de mis raíces (que no son italianas, son argentinas, como yo, como mis padres, como tres de mis abuelos).
Me pesa porque siento que me perdí una porción de mi vida y me da envidia cuando otros me hablan de cosas que yo conocí de adulta con la naturalidad de quien nació entre ellas.

Pero yo, a fuerza de viajes, a fuerza de “perder” tiempo en otros países y de perderme a mí misma en versiones extranjeras de alguien que jamás fui, me terminé encontrando aquí, en este lugar “tan berreta” del que nunca debí haberme ido.

jueves, 7 de febrero de 2019

La curiosidad de distinguir entre ser y estar. Soy feliz pero estoy triste. Sobre la bondad y su interacción con los verbos. Ser sola vs estar sola. Ser solo no existe, casualidad?

Los hablantes de castellano tenemos un privilegio -no me canso de decirlo- y es la diferenciación de los verbos “ser” y “estar”.
Gracias a esa maravillosa distinción, uno puede “ser feliz y estar triste”, sin caer en contradicciones ni incoherencias.
Lo que en otras lenguas es tan difícil de comunicar, en la nuestra se simplifica con un desdoblamiento del verbo que indica, por un lado, la condición permanente, o el trasfondo, y por otro lado la condición momentánea, circunstancial, pasajera.

En castellano, “ser buena” y “estar buena” tienen distinto valor. Una puede ser buena sin estar buena, o puede estar buena sin ser buena. Ser buena tiene que ver con la bondad, estar buena, no.



Hace unos años hablaba con una amiga sobre la frase “ser sola”. Ella se definía como sola, es decir “soy sola”. Yo nunca pude sentirme así, esa libertad que pregonaba su “soy sola” en mí se sentía más parecida al encierro. Yo nunca quise ser sola, pero muchas veces en mi vida elegí estar sola.
Y ahora que estoy más grande (y más sola), me pregunto si la permanencia del “ser” era lo que me hacía ruido, o si tiene más que ver con una cuestión de definiciones.
Cuando uno define algo usa el verbo ser, no el verbo estar, y creo que eso era lo que imperceptiblemente me hacía ruido. La sensación de que ese “sola” me definiera, o mejor dicho la idea de definirme a partir de quién me acompañara, circunstancialmente, en la vida, eso me molestaba.


Estoy sola me gusta más que soy sola porque yo soy individualmente, no soy una parte de un par, no soy una media ni un guante ni un zapato, soy una persona y conmigo solo alcanza. Entonces no necesito aclarar nada, no necesito aclarar mi soledad. Soy un individuo que ocasionalmente se encuentra acompañado en la vida por otro a quien llama su pareja, compañero, novio, marido (depende del momento). No soy una mujer a la que le falta algo, no soy incompleta, soy toda yo, y ese todo a veces está con alguien. 

Además de todo lo dicho también aparece la cuestión de género. Nunca nadie describió a un hombre como “es solo”. Ser sola es pura y exclusivamente dominio femenino. La mujer es en función de un hombre (siempre el patriarcado heteronormativo al mando). El hombre simplemente “es”. La mujer “es sola”. A mí no me va esa onda.
Yo me rehuso a ser sola. Me rehuso a considerar no sólo que la falta de compañero sea condición permanente de mi ser, sino más aún, a definirme a partir de esa falta. 
Para ser, prefiero ser buena. Soy buena, estoy sola. Me gusta más que soy sola y estoy buena (aunque no voy a negar que estar buena también forma parte de mi deseo).

Creo que la frase más bonita de nuestra lengua es “soy feliz, pero estoy triste”.