jueves, 9 de julio de 2026

De talleres frustrados y una profesión que no es para estos tiempos. De la era del recorte y la paradoja de concentrar la información para subsanar la falta de concentración. De lo solitaria que puede sentirse la resistencia al reduccionismo máximo.


Hace un tiempo tengo el deseo de compartir lecturas y discutirlas. Pensé en varios ejes temáticos, armé programas que nunca llevé a cabo, configuré hipótesis de lectura y propuestas de discusión que jamás fueron socializadas, hasta que finalmente decidí empezar por algo pequeño, hacer un proyecto piloto menos ambicioso que el curso de literatura fundacional (que incluye textos de Echeverría, Sarmiento y Hernández): cuatro encuentros de ensayo nacional, textos fáciles y breves (no más de 10 páginas cada uno), repartidos en dos ejes que de alguna manera u otra se preguntan por la subjetividad argentina. 

La propuesta fue concreta y sencilla. Los cuatro encuentros tuvieron lugar en el mes de junio y los debates se dieron sin dificultad, porque si algo nos caracteriza a las y los argentinos es siempre tener algo para decir, aunque no sepamos nada del tema. El problema fue que la mayoría de los asistentes nunca leyeron los textos propuestos. Por supuesto, nueve años de docencia en nivel secundario me prepararon (y más que eso) para enfrentarme a un público que no leyó el material previamente. Llevé hojas de ruta con citas y fragmentos para utilizar como disparadores e iniciar la conversación, pero terminé cayendo en algo que detesto: la lógica del recorte, también conocida como la lógica del reel. Y me pregunto entonces, ¿es imposible en este presente que estamos habitando huir de la fragmentación? ¿Perdimos la capacidad de ver el todo? ¿Cuánto se puede conocer de una idea leyendo un párrafo fuera de contexto?

Hace unos días, un movilero hostigaba a la periodista Julia Mengolini, reclamándole por no haberse pronunciado sobre algo que ella sí había desarrollado in extenso, pero que había sido recortado (tal vez maliciosamente) omitiendo puntos importantes de su argumentación. Y así es como vivimos siempre: de a pedacitos. La interacción con el otro está tan fragmentada que perdimos la capacidad de enfrentarnos con ideas que requieren más de un párrafo o más de un minuto de desarrollo. Pero yo me sigo negando a la reducción máxima posible, sigo intentando resistirme a la pérdida de contenido. 

Inscribirse en un taller de lectura y no leer me parece insólito. No es que me ofenda, porque comprendo perfectamente que la gente está saturada de estrés, muchos tienen más de un empleo y todos tenemos problemas cotidianos que atender. Entiendo que leer se relega a la última posición de nuestras prioridades, aun cuando tengamos todas las intenciones y nos interese el texto; por eso no me ofendo, pero sí me preocupo y sí me entristece quedarme cada vez más sola en mi propuesta de hacer una lectura profunda, crítica, con tiempo para reflexionar y elaborar nuevas ideas.


Y claro que culpo a un sistema que nos quiere estúpidos, atomizados y demasiado cansados para tomarnos el tiempo que requiere escuchar (o leer, que es escuchar con los ojos) y procesar la información con detenimiento.

Ya lo dijo alguna vez Alejandro Dolina: “la gente no quiere leer, quiere haber leído”. Por eso, tal vez, se anotan en talleres de lectura y van sin haber mirado los textos, o tal vez no, tal vez la gente quiere leer, pero simplemente no puede.