jueves, 4 de agosto de 2022

Terminar la facultad. Algunas cosas que aprendí. Para qué sirve lo que estudié. Jamás creí que me recibiría, pero pasó.

Abandoné Derecho cuando me di cuenta de que Poder Judicial no era sinónimo de Justicia, y elegí Letras porque de todos los profesores que había tenido en la escuela, las de lengua y literatura eran a las que más me quería parecer. 

Muchas veces me han preguntado para qué sirve ser licenciada en letras y la verdad es que sirve para muchas cosas, pero a mí en particular me sirve para llegar a ser la persona que siempre quise ser. Porque con el arte, y especialmente con la literatura, uno puede ver el mundo a través de otros ojos, ver el mundo como lo ven los demás, y eso me ha enseñado que la capacidad de ser sensible no es una debilidad sino una fortaleza.

Dejé Letras varias veces para ir a encontrarme a mí misma en los rincones del mundo y recién en 2012 empecé de nuevo, de cero, con otro plan de estudios y siendo yo ya otra persona. Siento que lo mejor que pude hacer fue haber estudiado en mi madurez y darme el tiempo que necesitaba para aprender que esto que hoy se está terminando no fue más que otro viaje, ya no por el mundo, sino por los mundos que la literatura nos ofrece.

Brindo por mi mamá, a quien en su lecho de muerte le prometí que no iba a abandonar aunque suspendiera un tiempo para cuidar de ella.

Brindo por mi papá, que me enseñó a disfrutar cada paso del camino y me acompañó hasta donde la vida le permitió.

Hoy están conmigo en mi alma, donde vivirán hasta mi último suspiro.

domingo, 24 de julio de 2022

La postpandemia. Las palabras o su ausencia. La monotonía de la adultez. La vida después de la vida.

 Hace rato que no escribo y me pregunto si será porque no tengo nada para decir o porque todo lo que pasa por mi cabeza muere ahí. Sin dudas, pensamientos no me faltan, pero las palabras a veces no alcanzan para manifestar las ideas que me acechan. 

No tener nada para decir, no tener nada para escribir, y sin embargo pensar más rápido de lo que la mente es capaz de procesar. ¿Cómo se explica eso? ¿Qué (me) hizo la postpandemia? ¿Acaso me silenció?


El otro día leía un hilo de twitter que expresaba con exactitud lo que me está pasando: la vida se volvió monótona. La vida después de la pandemia parece no tener sentido. 

Tal vez no sea eso exactamente sino que cambiaron las (mis) expectativas con respecto a la vida. Tal vez haya creído durante esos meses de aislamiento, de suspensión del tiempo, de introspección y conexión conmigo misma, que luego de que todo eso pasara vendría un tiempo de grandes emociones. Pero ese tiempon nunca llegó. No hay grandes momentos, no hay sobresaltos. Me levanto, voy a trabajar, vuelvo a casa y todo sigue igual. 


Supongamos que tiene que ver con que todas las grandes emociones en mi vida fueron previas a la pandemia. Supongamos que tiene que ver con haberme pasado dieciocho meses al cuidado exclusivo de un enfermo terminal y con después haber atravesado la montaña rusa de emociones que implica perderlo: los lados buenos de la muerte como fin del martirio de su enfermedad en simultáneo con los lados malos de la muerte como fin de ese vínculo hermoso y necesario en mi vida. 

Casi inmediatamente después de vivir sensaciones tan extremas pasé al otro lado del abismo, a la nada misma, a la espera infinita de un tiempo que nunca parecía llegar. Con la amenaza de un virus potencialmente mortal por un lado y el deseo de mi propia muerte a flor de piel por el otro. Sorteé la pandemia como pude, preguntándome a veces por qué desinfecto las compras del supermercado si sería mucho más fácil exponerme a la letalidad de esta cepa que con aparente facilidad terminaría con todo mi sufrimiento.


Estimo que el instinto de supervivencia es más fuerte que el dolor. O tal vez no sea eso. 


De pronto me encontré con que la vida volvió a la normalidad pero ya sin mi padre enfermo y sin una familia cerca que pueda llegar a hacerme sentir necesaria en el mundo. Ir a trabajar se convirtió en un sinsentido después de haber descubierto que mi trabajo se ejerce igual (a veces mejor) remotamente, y de pronto todo lo que parecía ser la meta al final del confinamiento se volvió una carga, una molestia, un motivo más para no tener ganas de levantarme de la cama.

Pero, inexplicablemente, acá estoy, levantada un domingo llenando la hoja aunque ya crea que no me queda nada por decir, ni mucho menos por hacer, pensando que no puede ser que la vida sea esto. Que no puede la adultez ser tan monótnona, que algo va a tener que pasar para que vuelvan las palabras a mi mente, para que vuelvan los sentimientos a mí, para que de pronto pueda volver a sentir que estoy viva. 

jueves, 23 de julio de 2020

Las palabras y las cosas. La pandemia, la cuarentena. Algo que perdimos. Algo que sobra. Un montón de absurdos “para qués” (porque para los “por qués” ya es demasiado tarde).

Todos somos muy concientes de la distancia que separa a las palabras de las cosas, todos conocemos la imposibilidad de decir “con palabras de este mundo” —diría Pizarnik— lo que sentimos, lo que nos pasa, lo que somos. Pero, ¿qué ocurre cuando las palabras son todo lo que nos queda, cuando ya no hay abrazos, no hay miradas, no hay olores, no hay esa “vibra”, esa energía vital que comunica lo que falta?

Ya van varias personas que me dicen que “con la cuarentena” sienten una necesidad mayor de verbalizar sus sentimientos hacia los demás, que están “más sensibles”, o “más expresivos”. Pero siempre hay algo que queda por fuera de nuestra capacidad de decir, hay algo más allá de las palabras y, seamos realistas, no todos somos artistas, no todos podemos dibujar lo que resta, o sacar una foto que comunique, no cualquiera escribe un poema como los de la ya mencionada Alejandra, y sería una coincidencia muy maravillosa (y de hecho lo es) encontrar un artista que pueda expresar exactamente aquello que nosotros no tenemos cómo decir.
Mucho se perdió con la pandemia, no hablo solo de vidas, y de calidad de vida, y de medios de vida, y de modos de vida, que se perdieron con la pandemia, con la cuarentena, con la crisis internacional que se desató a partir de este virus inesperado. Se perdió el vínculo —no quiero decir que cambió, porque en realidad no se trata de un reemplazo, sino de una verdadera y completa pérdida.
Los que me conocen saben que no soy fan de los abrazos, que en el abrazo me siento expuesta, vulnerable, atrapada en el afecto que no sé —o no quiero, o tal vez no puedo— demostrar, pero más de una vez en estos últimos ciento y tanto de días que llevo del llamado “distanciamiento social” me he encontrado extrañando el contacto con el otro (con le otre), aunque ese contacto no esté mediado por un abrazo (tan sofocante como reconfortante), aunque sólo sea el sentir que hay otro ser humano en la proximidad de mi piel.

Lo virtual me agota, me cansa, me hace doler la cabeza. Escucho música pero no hay alguien cantándola en un escenario a pocos metros de mí. Tengo conversaciones pero no hay un mate que va vacío y vuelve lleno y que pasa de mano en mano como un totem de amistad, de secretos, de risas, de historias y de debates que aunque no vayan a cambiar el mundo da gusto entablar. 
Mi casa existe para compartirla. Yo existo para compartirme. ¿Qué es de mi parrilla sin brasas que acompañan una reunión de amigos? ¿Qué es de mis palabras si no hay alguien que las lea? Tantos vasos duermen en la alacena y tantas sillas juntan polvillo y tantos pensamientos mueren en mi mente. ¿Qué sigue? ¿Cómo podemos llenar el vacío?

sábado, 2 de marzo de 2019

De cómo enmascaro el dolor en violencia. El desprecio de la clase media por todo lo nacional. Algo sobre raíces y primeros mundos. Quiénes me robaron mi nacionalidad y cómo la recuperé.

Lo que me duele me vuelve agresiva.

Esa idea de que en Argentina nada se hace bien, esa idea de que todo lo nuestro es “trucho” acompañada de la falacia de que en Europa todo es mejor, eso despierta lo peor de mí.

Porque me lo creí. Porque me lo hicieron creer. Porque no me dejaron elegir, investigar, comprender. Porque me adoctrinaron desde muy chica para despreciar todo lo nuestro mientras aprendía cómo endiosar todo lo foráneo. Porque me lavaron el cerebro vendiéndome el pescado podrido de que solo en “el primer mundo” podría ser feliz porque solo allí las cosas “funcionan”.

Y me fui del país una vez.
Y me fui del país dos veces.
Y dicen que la tercera es la vencida. Y para mí lo fue.

Pero yo tuve la posibilidad de salir del país y comprobar con mis propios ojos que todo eso que me habían hecho creer no son más que giladas. Y todos los que no pudieron vivir en el exterior y descubrir que la vida no es más fácil, no es mejor, no es superior, solo es distinta, siguen creyendo que somos la mierda que no se va del inodoro cuando tirás la cadena. Siguen creyendo que existe un lugar en el mundo donde todo lo que no les gusta de acá no existe y solo hay lugar para las cosas lindas. 
Y esa gente le hace un daño a nuestra cultura pero ellos son tan víctimas como yo. 

Y peor que los "Luis Solari" que, sin haber vivido en otros países, nos venden el verso de que existe un “primer mundo” donde “estas cosas no pasan”. Peor que ellos, más repudiable y más detestable es el que sí vive o vivió en el exterior y vuelve con aires de superioridad a menospreciar la única raíz real que tiene y va a tener que es este país que tanto asco le da.


Bienaventurados los que no crecieron en un seno familiar europeísta, los que fueron educados para adorar lo propio y comprender que en cada cultura hay cosas buenas y malas y bellas y feas y la nuestra no es mejor ni peor que ninguna otra. Yo no tuve esa fortuna. Yo tuve que salir y hacer la experiencia sola. Y eso me pesa. 

Me pesa porque recién a los 26 años pude escuchar un tema entero de Charly sin que nadie viniera a censurármelo al grito de “eso es una basura”. 
Me pesa porque recién después de los 30 descubrí nuestro folklore (conocí a León Gieco a través de Joan Baez y de la versión en inglés de “Solo le pido a Dios” por Bruce Springsteen).
Me pesa porque me siento engañada, porque siento que me robaron parte de mí, parte de mi identidad, parte de mis raíces (que no son italianas, son argentinas, como yo, como mis padres, como tres de mis abuelos).
Me pesa porque siento que me perdí una porción de mi vida y me da envidia cuando otros me hablan de cosas que yo conocí de adulta con la naturalidad de quien nació entre ellas.

Pero yo, a fuerza de viajes, a fuerza de “perder” tiempo en otros países y de perderme a mí misma en versiones extranjeras de alguien que jamás fui, me terminé encontrando aquí, en este lugar “tan berreta” del que nunca debí haberme ido.

jueves, 7 de febrero de 2019

La curiosidad de distinguir entre ser y estar. Soy feliz pero estoy triste. Sobre la bondad y su interacción con los verbos. Ser sola vs estar sola. Ser solo no existe, casualidad?

Los hablantes de castellano tenemos un privilegio -no me canso de decirlo- y es la diferenciación de los verbos “ser” y “estar”.
Gracias a esa maravillosa distinción, uno puede “ser feliz y estar triste”, sin caer en contradicciones ni incoherencias.
Lo que en otras lenguas es tan difícil de comunicar, en la nuestra se simplifica con un desdoblamiento del verbo que indica, por un lado, la condición permanente, o el trasfondo, y por otro lado la condición momentánea, circunstancial, pasajera.

En castellano, “ser buena” y “estar buena” tienen distinto valor. Una puede ser buena sin estar buena, o puede estar buena sin ser buena. Ser buena tiene que ver con la bondad, estar buena, no.



Hace unos años hablaba con una amiga sobre la frase “ser sola”. Ella se definía como sola, es decir “soy sola”. Yo nunca pude sentirme así, esa libertad que pregonaba su “soy sola” en mí se sentía más parecida al encierro. Yo nunca quise ser sola, pero muchas veces en mi vida elegí estar sola.
Y ahora que estoy más grande (y más sola), me pregunto si la permanencia del “ser” era lo que me hacía ruido, o si tiene más que ver con una cuestión de definiciones.
Cuando uno define algo usa el verbo ser, no el verbo estar, y creo que eso era lo que imperceptiblemente me hacía ruido. La sensación de que ese “sola” me definiera, o mejor dicho la idea de definirme a partir de quién me acompañara, circunstancialmente, en la vida, eso me molestaba.


Estoy sola me gusta más que soy sola porque yo soy individualmente, no soy una parte de un par, no soy una media ni un guante ni un zapato, soy una persona y conmigo solo alcanza. Entonces no necesito aclarar nada, no necesito aclarar mi soledad. Soy un individuo que ocasionalmente se encuentra acompañado en la vida por otro a quien llama su pareja, compañero, novio, marido (depende del momento). No soy una mujer a la que le falta algo, no soy incompleta, soy toda yo, y ese todo a veces está con alguien. 

Además de todo lo dicho también aparece la cuestión de género. Nunca nadie describió a un hombre como “es solo”. Ser sola es pura y exclusivamente dominio femenino. La mujer es en función de un hombre (siempre el patriarcado heteronormativo al mando). El hombre simplemente “es”. La mujer “es sola”. A mí no me va esa onda.
Yo me rehuso a ser sola. Me rehuso a considerar no sólo que la falta de compañero sea condición permanente de mi ser, sino más aún, a definirme a partir de esa falta. 
Para ser, prefiero ser buena. Soy buena, estoy sola. Me gusta más que soy sola y estoy buena (aunque no voy a negar que estar buena también forma parte de mi deseo).

Creo que la frase más bonita de nuestra lengua es “soy feliz, pero estoy triste”.

miércoles, 20 de junio de 2018

Mujer "copada". Toda la vida intentando ser copada. No insisto más, no soy copada. No me sale ser copada. Cuál es el antónimo de "copada"? Probablemente sea "Ceci"

Copada es algo que nunca fui. 

No soy y nunca fui una “mina copada”, pero sí me desviví durante los últimos diez u once años por lograr que al menos una persona de mi entorno me asignara esa etiqueta.

¡Qué mina copada, Ceci! Dijo nadie, nunca. 

No, todo lo contrario: “tenés que relajar”, “¿por qué no bajás un cambio?”, “dejá de pensar todo tanto”, “no seas tan correcta”. Y así viví mi última década intentando seguir instrucciones de gente que parecía “copada”, gente a la que intenté parecerme, o gustarle, o si todo lo demás era imposible, al menos recibir su aprobación.

No soy copada porque no me copa que me cancelen un evento a último momento. No soy la mina espontánea, que siempre se prende, que está lista para cualquier juntada improvisada que surja de acá a cinco minutos. No me banco el “te aviso”, no, no me avises, comprometete ahora o no vengas, guardate el “te aviso” porque a mí no me copa.
No soy copada porque no me cae bien cuando un grupo de amigos organiza algo y “se le pasa” invitarme. No soy copada porque no “está todo bien” si las cosas no salen como yo espero, y sobre todo porque si algo me cae mal lo digo, a costa de perder la poca “copadez” que pude conseguir adaptándome a las normas laxas de nuestra sociedad informal.

Y no tengo ni siquiera el mínimo nivel de espontaneidad que exige esta sociedad y cuando quise tenerlo, me sentí incómoda conmigo misma y fui infeliz (aunque me llené de amigos).
No soy copada porque creo en los compromisos, porque tengo palabra, y si digo que voy a hacer algo lo hago, y si no lo puedo hacer, aviso. Porque difícilmente salgan de mi boca las palabras “uhh, re colgué con eso”. No no, yo no “cuelgo” con nada, porque no soy copada, soy una obsesiva controladora que tiene que cumplir con todo lo que se propone y si puede agregar algun chiquitín más, mejor.

Y no pienso dejar que fluya y no pienso bajar un cambio y no pienso relajar porque no soy eso y no voy a seguir luchando por ser algo que no soy. No soy y nunca voy a ser copada y siempre voy a hacer planteos cuando las cosas no me gusten y siempre voy a ser puntual y siempre voy a cumplir con mis compromisos y mis responsabilidades aunque eso implique desgastarme y desgastar relaciones. Porque soy esto: soy lo menos copado que hay, soy alguien que espera del otro que cumpla con lo que dice, que exige respeto y que no se siente cómoda con las cosas no planificadas.

Y esta sociedad prácticamente rinde culto a la gente informal, espontánea, improvisada y hasta irresponsable. Y ellos son los “copados”, que no tienen drama si los demás les fallan porque ellos también les fallan a los demás. Yo no puedo —y hoy no quiero— ser eso. 


Así que me resigno, me doy por vencida. Copada es algo que no seré.

martes, 5 de junio de 2018

Mujer fálica. De cómo me asumí "fálica". Y ahora mirame cómo deconstruyo el estereotipo de la mujer fálica. Con "mujer" alcanza. Lo de fálica guardalo para cosas de otros siglos.

Hace tiempo me acostumbré a describirme así, me acostumbré a hacerme cargo, no sólo de ser una “mujer fálica” sino de lidiar con las consecuencias que eso implica.

Soy una mujer fálica porque cuando una propuesta me gusta, digo que sí, y cuando alguien me gusta, encaro. Porque para mí no existe ese juego de la presa y el cazador, no existe ni existió nunca nada atractivo o interesante en decir una cosa que no es la que siento para volverme más deseada o más codiciada. No funciono así, y aprendí desde muy chica que no funciono así porque soy fálica

“Tendrías que hacerte un poquito la difícil”. “No te veo como novia porque desde el primer momento nuestra relación fue sexual, no puedo verte de otra manera, no puedo no cosificarte”. “Si aceptás tan rápido nunca te van a tomar en serio”. “Sos muy linda, pero a mí me gustan los desafíos, y vos aceptaste en seguida”.

Real. Todas son frases reales que se me dijeron en los últimos diez años. 

Soy fálica porque cuando digo no, es no. Es real y rotundamente “no”. No significa que sigas intentando de otras maneras, o más tarde, o cuando esté más ebria. No significa que estoy haciéndote desear. Yo no te hago desear, si yo tengo ganas te digo que sí, yo soy así, y así -me enseñaron- son las mujeres fálicas.

BUENO BASTA. HE DICHO BASTA.

No soy fálica. Soy Cecilia. No soy fálica ni rápida ni puta ni todos los calificativos que quieras ponerme para descalificarme . Soy una mujer que sabe lo que quiere. Soy una mujer que siempre disfrutó de su cuerpo y siempre tuvo la fortuna de poder elegir con quién disfrutarlo.

Y si no me podés tomar en serio porque no sigo los estereotipos del patriarcado, no te necesito en mi vida. Si no podés entender que cuando digo que no es porque no quiero, entonces tenés un problema vos. Porque yo soy clara y directa y cuando quiero algo que puedo tener, no lo dudo ni un instante. 
Y si eso me hace menos mujer y más fálica, revisá tus conceptos de mujer, de hombre, de ser humano. Porque yo no soy menos mujer por disfrutar del sexo con el o los hombres que me gusten. Y no soy menos mujer por elegir concientemente no tener hijos y vivir de manera independiente sin formar una familia. 
Y no soy fálica. Porque fálica significa menos mujer, fálica significa que tengo características masculinas y no hay nada masculino en decir que sí cuando quiero algo. Y porque yo no tengo ni necesito ningún falo para ser yo, para saber lo que quiero, para ser libre.

Y si me decís fálica es porque te molesta mi libertad. Te molesta que me cague en los estereotipos. Te molesta que me aburran los juegos absurdos que esconden tu inseguridad (sí, te lo dije), sos tan inseguro que necesitás que te hagan creer que vos te ganaste a la minita, necesitás creer que esa conquista es tu logro, y no que ella te eligió, que ella decidió que tenía ganas de estar con vos, porque ella quiso eso, no, tiene que ser tu premio, tu conquista, no su decisión, por eso te gusta el histeriqueo, pero yo no te doy eso, y te molesta y te asusta que decida yo y que te diga que sí, sin esfuerzo de tu parte. Te molesta que vaya de frente y que me la banque, y lo que más te molesta es que me haga cargo y que encima lo disfrute.

No, no soy fálica. 
Soy muy mujer, porque las mujeres decidimos qué hacer con nuestras vidas, porque las mujeres decidimos qué hacer con nuestros cuerpos, con quién, cuándo y cómo compartirlos. Y no somos presas que hay que cazar, y no somos premios que hay que ganarse laburando. Somos seres pensantes, sujetos independientes y con capacidad de decisión.


¿Demasiado posmoderno para tu gusto? ¿Demasiado feminazi para vos? Y bueno, entonces vos sos demasiado machirulo para mí.