miércoles, 28 de diciembre de 2022

Five Days at Memorial (un comentario). De huracanes y del manejo de las tragedias. Del "tercer mundo" y sus bondades. Algo de solidaridad y algo de racismo explícito.

Recientemente estuve viendo la miniserie de AppleTV, Five Days at Memorial, sobre los eventos ocurridos los cinco días posteriores al huracán Katrina, en New Orleans, Louisiana.


La serie transcurre en un hospital del centro de la ciudad, en el que quedan varados una gran cantidad de pacientes, empleados y refugiados luego de ser azotados por la inundación posterior al huracán. La llegada del agua a los generadores, situados en el subsuelo, genera un corte de luz que dificulta las tareas de evacuación, sobre todo de los pacientes más críticos. Esto lleva a un grupo de médicos y enfermeras a tener que tomar la difícil decisión de elegir a quiénes evacuar primero y de “poner cómodos” a un grupo de pacientes que finalmente no pudieron ser evacuados (resultando en la muerte -tal vez innecesaria- de 45 personas).


Al momento del huracán Katrina yo me encontraba viviendo en Estados Unidos. 

Estimo que la población en Argentina no ha estado muy al tanto de los sucesos, de las internas, de los pormenores que hicieron que la tragedia no fuera un desastre natural más del montón, sino que se convirtió en ícono del racismo, de la corrupción y de la desidia de un gobierno que jamás se interesó en el pueblo.

Corría el fin de agosto de 2005, yo estaba de viaje en Europa y mi vuelo de regreso se retrasó más de doce horas por el huracán. Vimos en la tele del aeropuerto que lo que estaba ocurriendo era una verdadera catástrofe, pero lo peor estaba aún por llegar.


El huracán Katrina se caracterizó por dos particularidades: 1) que azotó una de las zonas más pobres del país, con un altísimo porcentaje de población afroamericana (algo que para nosotros parecería irrelevante pero allá no lo es), y 2) que el gobierno de Bush había utilizado parte de los recursos del FEMA (un fondo de emergencia para desastres naturales) en financiar la guerra contra Afganistán. Esto fue un escándalo de corrupción y malversación de fondos que quedó en la nada, pero perjudicó enormemente las tareas de evacuación de los damnificados y, por supuesto, como siempre, los más perjudicados fueron los más pobres.


En la serie se puede ver no sólo que se escatima en recursos (en particular de corporaciones privadas, porque recordemos que al momento de Katrina no había salud pública en EEUU, más que alguna salita en barrios periféricos, y que los grandes hospitales eran todos necesariamente privados), sino también que el clima general en la población se tornó violento

Hay una escena puntual en la que la protagonista (la polémica médica que termina inyectando un cocktail letal a varios enfermos que no podían ser evacuados), dice la frase “Esto es algo que pasa en un país del tercer mundo, no acá”. 

Esa frase me quedó resonando, en particular porque me tocó vivir de cerca una tragedia similar cuando se inundó la ciudad en la que vivo, el 2 de abril de 2013.


Es cierto que la corrupción, la malversación de fondos, el desmanejo general de situaciones límite son moneda corriente en los países del mal llamado “tercer mundo”. Pero hay algo que nosotros tenemos -y ellos no- que hace que los desmanejos gubernamentales de las catástrofes naturales queden en un segundo plano: la solidaridad del pueblo.


En la serie, llegado el tercer o cuarto día después del huracán, empieza a haber sucesos muy violentos en las calles: la gente empieza a salir armada, a la población afrodescendiente se le niega asilo en los centros de refugiados (esto ocurrió realmente y recuerdo muy vívidamente mi indignación viéndolo en televisión), incluso en ocasiones se les ha disparado con armas de fuego (aún teniendo niños o ancianos entre ellos) para que no se acerquen a los refugios. Comienza a haber saqueos a tiendas que quedan en las zonas afectadas por la inundación. En resumen: la población se vuelve hostil entre sí. 

El “sálvese quien pueda” le gana al “de esta salimos juntos”.


Entonces puede ser que, como dice la doctora en la serie “esto es algo que pasa en un país del tercer mundo”, pero si hay algo que tiene el tercer mundo es que cuando la tragedia azota, las diferencias en la población merman -no se acrecientan como allá. 

La gente deja de ver el color de piel del que tiene al lado. La gente deja de pensar en guardarse para después el último paquete de galletitas que le queda en la mochila, y lo comparte. Se comparte el agua, se comparte la ropa seca, los pañales, se comparte la comida. 

Porque acá todos sabemos que la salida es colectiva o no es. 

En conclusión, los mismos sucesos que en la New Orleans del “primer mundo” desataron lo peor de la gente, en La Plata -de la tercermundista Argentina- sacaron lo mejor del pueblo. 

Y por esas cosas elijo este país para vivir y para morir. Porque sé que mientras viva acá, nunca voy a estar sola contra el mundo: siempre va a haber alguien dispuesto a tenderme una mano en tiempos de necesidad.


Ni Maradona ni Messi: yo me quedo con los dos

Un texto que escribí hace ya más de cinco años (en noviembre de 2017), que se pretende cuestionar no a los futbolistas mencionados sino lo que se hace con ellos (o de ellos) desde los grupos de poder que dominan el sentido común.

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Maradona o Messi: la otra grieta


Tenemos una cultura basada en dicotomías. La grieta no es, como nos quieren hacer creer los periodistas de los programas de panel, producto del kirchnerismo, viene desde hace mucho tiempo y se extiende más allá del ámbito político a las esferas del deporte e incluso del arte: rojos vs blancos, liberales vs conservadores, peronistas vs radicales, bosteros vs gallinas y hasta escritores de Boedo vs los del grupo Florida.

Así como las anteriormente mencionadas, la grieta Maradona vs Messi, no está desideologizada ni responde a meras pasiones futbolísticas, tiene que ver con un ideal más vasto que el simple modo o caildad de juego de un deportista, se trata de la construcción de un sujeto de representación nacional que responde necesariamente a ciertas características que se pretende imponer como “ejemplares”.


Maradona, el héroe de Villa Fiorito, el pibe de los pies excepcionales que salió del potrero y llegó a ganar la copa del mundo, el joven que de la nada pasó a tenerlo todo y en un abrir y cerrar de ojos, así como obtuvo la gloria máxima, también le cortaron las piernas. El Aquiles del futbol, ágil en cuanto a sus pies, pero con una debilidad que le representó la derrota deportiva y el descrédito público como ser humano.

Messi, el nene con problemas de crecimiento al que todos los clubes del país le cerraron las puertas hasta que en España, en la “Madre Patria”, le dieron asilo y tratamiento para que se desarrollara correctamente. El superpibe que ganó todo con su club europeo pero que nunca pudo levantar una copa con la celeste y blanca. El Odiseo, inteligente, de juego astuto y personalidad rebuscada, pero engañosa. 

Dos paradigmas del héroe nacional antagónicos no tanto por su personalidad, por su desempeño en la cancha o por su modo de vida, sino fundamentalmente por la construcción que periodistas, intelectuales e ideólogos han hecho de ellos. Por la mitología detrás del héroe.


¿A qué me refiero con “construcción mitológica del héroe”? Me refiero al discurso que convierte a Maradona en el representante de las clases bajas, el nuevo rico, el que tuvo todo y no supo qué hacer con eso. Espontáneo, impulsivo, sincero y directo, Maradona dice lo que siente y lo que piensa sin tener en cuenta las consecuencias, pero haciéndose cargo de toda opinión que emite. 

Maradona, el que venció a los ingleses después de que ellos nos ganaran –con ilícitos y delitos de guerra- las Islas Malvinas, el que nos reivindicó frente a una derrota que había sido demasiado dolorosa, demasiado injusta y demasiado triste. Pero que también lo convierte en Maradona, el que se divorció de Claudia y empezó a reconocer hijos de distintas mujeres. Maradona el drogadicto. Maradona el de la noche, el que no puede hilar una frase, el de la joda, el que habla sin pensar. 

Maradona, el villero, el groncho, el que hace cualquier cosa, el que embaraza a cualquiera. Maradona el antifútbol. Maradona el antihéroe. Maradona el ejemplo de todo lo que no hay que ser.


La versión iconográfica de Maradona es la pasión, el corazón, los sentimientos. Es el Aquiles guerrero que lucha porque es su deber, que siempre defiende lo suyo, que no pierde su honor, y que solo pelea si él quiere, que pelea por vengar la muerte de Patroclo pero no por hacerle el favor a Agamemnón. Es el Aquiles que es pura emoción, pura

energía, pura fuerza vital.


Del mismo modo se construyó con Messi (el rosarino), al representante de la clase media, que viene de padres que hicieron todo por su hijo.

Messi es un repatriado, símbolo del crisol de razas que nos conforma, un híbrido entre lo americano y lo europeo. Messi, que lleva en la piel la camiseta azulgrana del Barcelona. Messi, que no se sabe el himno. Messi que se descompone de los nervios antes de los partidos.

Messi con su mujer hermosa y sus varones impecables, con su familia de portarretrato, intachable conducta en la cancha, intachable moral: fiel, dedicado, un verdadero hombre de familia.

Messi –el personaje que creó la prensa, no la persona de carne y hueso- es la mente, es la razón, es la lógica. Es el Odiseo medido que piensa todo con astucia antes de hablar, antes de moverse, antes de hacer algún acto público. Es el Odiseo expatriado que tiene que atravesar años de adversidad antes de poder volver a casa, o antes de poder llevarse la copa con su camiseta natal.


El periodismo se ha encargado de estigmatizar a Maradona porque Maradona no es funcional al modelo de héroe que necesita la derecha conservadora. Porque Maradona es un hombre posmoderno, es el de la familia ensamblada, el de las relaciones conflictivas, el que se hace cargo de su propia vida, el que dice lo que piensa aunque no guste.


Messi, en cambio, es el paradigma de la tradición, el hombre clásico con su familia incuestionable, el hombre ejemplar de libro de texto del siglo pasado. Messi es el políticamente correcto que nunca se equivoca. En todo caso, si algo se le puede cuestionar a Messi es la falta de patriotismo, que al fin y al cabo no parecería ser tan grave para los intereses que persiguen quienes pretenden hacer de él un ícono nacional.


No me parece casual que se hagan construcciones mitológicas de estos dos sujetos. No me parece para nada inocente que no se diga nada de los delitos de evasión de impuestos de Messi, que casi no se hable de que varias veces estuvo a punto de terminar preso por tener sus fondos en paraísos fiscales, y si no él, su padre, que sabiamente le maneja los fondos -no vaya a ser cosa que se ensucie el nombre del héroe.


Maradona no puede hacer nada sin ser hostigado por la prensa, por haber sido auténtico, por ser él mismo, por ponerse del lado de los pobres y ser amigo de Fidel, de Chávez, de Cristina. El delito de Maradona fue haber sido adicto. La condena social a la adicción de Maradona responde a la lógica conservadora de culpar a la víctima. Hoy sabemos que la adicción es una enfermedad que uno padece, sin embargo se lo responsabiliza de su adicción como si tuviera la culpa de todo lo que le pasó a él y, más aún, de todo lo malo que nos pasó desde su caída futbolística. Se culpa a un sujeto que en realidad no hizo más que hacer lo que podía con lo que tenía, o como diría Sartre, con lo que los demás hicieron de él.


El periodismo ha construido con la figura de Messi un ícono de la clase media, un modelo a seguir de la sociedad de valores conservadores y moral pequeño burguesa, y se ha apoyado en esa versión de Messi para destruir al ídolo que alguna vez fue Maradona y

transformarlo en ícono de la decadencia, en antihéroe al que debemos evitar parecernos.

No vaya a ser cosa que tengamos como líder a un hombre que reivindica a la cultura popular, que valora el esfuerzo que hace la gente de los sectores más bajos (económicamente, claro está, porque los sectores más bajos moralmente son otros). No vaya a ser cosa que tengamos como ídolo a un hombre que cometió errores y que se hizo cargo de ellos, a un hombre que luchó contra las adicciones y salió con todo en su

contra. No vayamos a tener como ejemplo a un hombre que se hizo solo desde abajo, con nada más que sus padres acompañándolo en todo, que siempre tuvo que nadar contra la corriente, que siempre estuvo en el blanco de todos los ataques periodísticos y aún así se hizo respetar.

No vaya a ser cosa que tengamos como héroe a un hombre que no se preocupó por aparentar una vida que no tenía sólo para evitar el qué dirán.


Messi vs Maradona. Maradona vs Messi. No son dos futbolistas, son dos estilos de vida. Claramente hay una bajada de línea que trasciente lo deportivo y utiliza la grieta inocente del futbolero desprevenido para instaurar un modelo de comportamiento alienado que nos aleje de la revolución popular y de la transparencia y honestidad, ponderando la falsedad y la hipocresía que han mantenido al capitalismo como sistema dominante durante el último siglo. 


La Plata, 21 de noviembre de 2017

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lunes, 19 de diciembre de 2022

Del fútbol y el arte. De las creaciones colectivas. Del arte de las masas. Del campeonato del mundo y las gestas independentistas.

“No, yo soy una persona culta, yo prefiero leer un libro”. “No miro fútbol, el fútbol es el opio de las masas”. “Yo no me voy a dejar lobotomizar por un partido de fútbol, estan todos como idiotas, como automatas alienados, mirando eso mientras el mundo se cae a pedazos”. 

Pero, ¿y si el fútbol también tiene arte? ¿Y si también hay arte en el deporte? Yo me pregunto,¿estas personas dirían lo mismo de una pieza musical, de una escultura, de una obra literaria o de teatro que despierte gran fervor popular?


Cuando me cuestiono si hay arte en el fútbol, no estoy hablando de las gambetas, de los caños, los sombreritos o de los centros magistralmente colocados a los pies del delantero que finalmente mete el gol. Me refiero a algo mucho más sencillo y fácil de ver: hablo del fútbol como disparador de expresiones artísticas de las más tradicionales, sin tener que ir a buscar el arte en un buen tiro de esquina o en un quite limpio. Hablo de, por ejemplo, los murales, de la poesía, de la música. Hablo del arte de la lírica de la cancha, de las letras de las barras bravas, que encierran componentes poéticos incluso cuando sus autores lo ignoran por completo, hablo de los bailes coreográficos de las tribunas de los grandes estadios del mundo, de las “olas” perfectamente sincronizadas, de las hinchadas bailando “la tarantela”. ¿No hay arte ahí? ¿O solo podemos considerar que una obra es artística si se encuentra en un museo, cuidadosamente curada, iluminada y sacralizada por el canon?


Uno de los grandes poetas de la lírica antigua es Píndaro. 

Píndaro, el poeta griego clásico que hoy se traduce en los recovecos más elitistas de las academias del mundo, componía epinicios, es decir, hacía canciones para dedicar a los campeones de las competenicas deportivas y así consolidar su gloria con una manifestación artística en su honor. 


En la Grecia Antigua en general -y en la oda pindárica en particular- se entremezclaba el deporte con la mitología, se pedía ayuda a los dioses para que el atleta favorito saliera campeón y se agradecía debidamente cuando esto sucedía. Nada que se aleje demasiado de lo que ocurre en nuestros días. 

La mitología popular otorgó a Diego Maradona el título de deidad menor, capaz de intervenir en los asuntos humanos -en particular en los deportivos- para favorecer a aquellos que le rindieron culto en vida y post mortem. 

Estos últimos días se buscaron señales que nos fueran indicando que saldríamos campeones, muchas de ellas con “D10s” mediante (nubes con forma de Maradona besando la copa, fotos de Diego delante de un cartel que decía 18 de diciembre, manchas de grasa en la cocina con la forma de la copa del mundo y hasta un almanaque de 1986 con una dirección en la calle Julián Álvarez). La mitología popular se asemeja mucho a la griega clásica aunque a una la consideremos banal y absurda y la otra se ubique muy cómoda en el pedestal de la cultura ilustrada. 

¿Acaso diríamos que leer las Olímpicas de Píndaro es “el opio de las masas”? Yo creo que no.


El otro día en twitter una escritora se preguntaba si no había un error en la preposición en la frase “al Diego desde el Cielo lo podemos ver/con Don Diego y con la Tota/alentándolo a Lionel”. Ella argumentaba que la frase correcta debía ser “en el Cielo”, ya que no somos nosotros quienes estamos allí, sino Maradona. Esto abrió un debate sobre la posibilidad de que en esos versos hubiera hipérbaton (la figura retórica que consiste en alterar el orden del fraseo) y que la lectura lineal de la frase en realidad fuera “al Diego lo podemos ver alentándolo a Lionel desde el Cielo, con Don Diego y con la Tota”.

Lo curioso del debate fue que una mínima investigación nos llevó a descubrir que la letra original de la canción no tiene hipérbaton ni tiene una preposición mal utilizada. La canción de La Mosca no dice “desde el Cielo” sino “en el Cielo”. Pero entonces, ¿por qué en las plazas y en las esquinas, todos cantamos “desde el Cielo” y no “en el Cielo”?

Porque el arte es así. Porque en muchos casos las creaciones colectivas superan a la del poeta original. Porque los seres humanos instintivamente buscamos la belleza en las cosas y sin lugar a dudas transformar una oración simple en un par de versos con hipérbaton le agrega belleza a la pieza.

Pero la estamos cantando mal. ¿La estamos cantando mal? Yo creo que no, porque desde siempre los poemas épicos fueron y son creaciones colectivas, y aunque en la actualidad ya no tengamos gestas como la del Mio Cid para loar de pueblo en pueblo con un canto que resuene y pueda ser repetido por todos hasta que se difunda la noticia de la victoria, sí tenemos nuestra propia épica, a nuestro modo. Y las gestas de la actualidad no son guerras, son competencias deportivas, y muchas veces, como pasó en el 86 con “el gol del siglo”, sirven para saldar deudas bélicas de una manera más sana, más amable y más feliz, pero no por eso menos poética.

jueves, 4 de agosto de 2022

Terminar la facultad. Algunas cosas que aprendí. Para qué sirve lo que estudié. Jamás creí que me recibiría, pero pasó.

Abandoné Derecho cuando me di cuenta de que Poder Judicial no era sinónimo de Justicia, y elegí Letras porque de todos los profesores que había tenido en la escuela, las de lengua y literatura eran a las que más me quería parecer. 

Muchas veces me han preguntado para qué sirve ser licenciada en letras y la verdad es que sirve para muchas cosas, pero a mí en particular me sirve para llegar a ser la persona que siempre quise ser. Porque con el arte, y especialmente con la literatura, uno puede ver el mundo a través de otros ojos, ver el mundo como lo ven los demás, y eso me ha enseñado que la capacidad de ser sensible no es una debilidad sino una fortaleza.

Dejé Letras varias veces para ir a encontrarme a mí misma en los rincones del mundo y recién en 2012 empecé de nuevo, de cero, con otro plan de estudios y siendo yo ya otra persona. Siento que lo mejor que pude hacer fue haber estudiado en mi madurez y darme el tiempo que necesitaba para aprender que esto que hoy se está terminando no fue más que otro viaje, ya no por el mundo, sino por los mundos que la literatura nos ofrece.

Brindo por mi mamá, a quien en su lecho de muerte le prometí que no iba a abandonar aunque suspendiera un tiempo para cuidar de ella.

Brindo por mi papá, que me enseñó a disfrutar cada paso del camino y me acompañó hasta donde la vida le permitió.

Hoy están conmigo en mi alma, donde vivirán hasta mi último suspiro.

domingo, 24 de julio de 2022

La postpandemia. Las palabras o su ausencia. La monotonía de la adultez. La vida después de la vida.

 Hace rato que no escribo y me pregunto si será porque no tengo nada para decir o porque todo lo que pasa por mi cabeza muere ahí. Sin dudas, pensamientos no me faltan, pero las palabras a veces no alcanzan para manifestar las ideas que me acechan. 

No tener nada para decir, no tener nada para escribir, y sin embargo pensar más rápido de lo que la mente es capaz de procesar. ¿Cómo se explica eso? ¿Qué (me) hizo la postpandemia? ¿Acaso me silenció?


El otro día leía un hilo de twitter que expresaba con exactitud lo que me está pasando: la vida se volvió monótona. La vida después de la pandemia parece no tener sentido. 

Tal vez no sea eso exactamente sino que cambiaron las (mis) expectativas con respecto a la vida. Tal vez haya creído durante esos meses de aislamiento, de suspensión del tiempo, de introspección y conexión conmigo misma, que luego de que todo eso pasara vendría un tiempo de grandes emociones. Pero ese tiempon nunca llegó. No hay grandes momentos, no hay sobresaltos. Me levanto, voy a trabajar, vuelvo a casa y todo sigue igual. 


Supongamos que tiene que ver con que todas las grandes emociones en mi vida fueron previas a la pandemia. Supongamos que tiene que ver con haberme pasado dieciocho meses al cuidado exclusivo de un enfermo terminal y con después haber atravesado la montaña rusa de emociones que implica perderlo: los lados buenos de la muerte como fin del martirio de su enfermedad en simultáneo con los lados malos de la muerte como fin de ese vínculo hermoso y necesario en mi vida. 

Casi inmediatamente después de vivir sensaciones tan extremas pasé al otro lado del abismo, a la nada misma, a la espera infinita de un tiempo que nunca parecía llegar. Con la amenaza de un virus potencialmente mortal por un lado y el deseo de mi propia muerte a flor de piel por el otro. Sorteé la pandemia como pude, preguntándome a veces por qué desinfecto las compras del supermercado si sería mucho más fácil exponerme a la letalidad de esta cepa que con aparente facilidad terminaría con todo mi sufrimiento.


Estimo que el instinto de supervivencia es más fuerte que el dolor. O tal vez no sea eso. 


De pronto me encontré con que la vida volvió a la normalidad pero ya sin mi padre enfermo y sin una familia cerca que pueda llegar a hacerme sentir necesaria en el mundo. Ir a trabajar se convirtió en un sinsentido después de haber descubierto que mi trabajo se ejerce igual (a veces mejor) remotamente, y de pronto todo lo que parecía ser la meta al final del confinamiento se volvió una carga, una molestia, un motivo más para no tener ganas de levantarme de la cama.

Pero, inexplicablemente, acá estoy, levantada un domingo llenando la hoja aunque ya crea que no me queda nada por decir, ni mucho menos por hacer, pensando que no puede ser que la vida sea esto. Que no puede la adultez ser tan monótnona, que algo va a tener que pasar para que vuelvan las palabras a mi mente, para que vuelvan los sentimientos a mí, para que de pronto pueda volver a sentir que estoy viva.