sábado, 28 de febrero de 2026

De tiempos lejanos en los que aún había esperanza. De distracciones y evasiones. De las falencias de una oposición que se pelea con molinos de viento. De otras formas del opio del pueblo para este siglo. De mi padre, que supo quererme como yo necesitaba.


Si vas a San Francisco, asegurate de llevar flores en tu cabello… Dice una canción de otro tiempo, un tiempo tan oscuro como el presente pero no tan desesperanzado, supongo.

Siempre me fascinó el movimiento hippie, de hecho tuve mi época de falsa hippie en la que no tenía tele y fumaba mucho porro, usaba pantalones acampanados y escuchaba música de los 60s y 70s. Fue promediando mis 25 años, en un mundo que prometía un futuro mucho más alentador que el que finalmente se materializó.


Me está costando mucho concentrarme en estos días y no termino de decidir si es por el bombardeo de malas noticias que me tiene con un fomo (miedo de perderme algo, para les viejis) que no se termina nunca, o tal vez por el efecto supuestamente dopamínico que tiene el scrolleo sistemático en redes sociales; o simplemente porque todo parece ser desolador y no encuentro por ningún lado el más mínimo atisbo de esperanza. 

Quizás no sea eso, quizás sólo se deba a que cada vez estoy más sola, con menos espacios de interacción cara a cara, con menos plata para salir a distraerme, con menos vínculos aunque sea superficiales para tener conversaciones interesantes y me encierro en mi propia angustia, lo cual siempre tiendo a hacer aunque nunca me hizo bien.


Curiosamente, el síntoma de época que me parece más problemático -o al menos el que más me preocupa a mí- es la distracción como respuesta a todo. Hay un sistema preparadísimo para invitarnos a mirar para otro lado y una población demasiado dispuesta a aceptar el paquete completo sin cuestionamientos.

Sin ir más lejos, en una semana se legisló en contra de la protección de nuestros glaciares (tema que hasta ahora venía sorteando cualquier grieta: los glaciares se protegen y punto), se redujo la edad de imputabilidad a 14 años (como si eso fuera a resolver algo) y se quitaron de un plumazo por lo menos cien años de conquistas y derechos de trabajadores. Y eso sólo en Argentina. 

Mientras tanto, mis coterráneos en redes se distraen con un mono víctima de bullying o discuten con más ahínco sobre las licencias por paternidad en España y sobre el derecho a disfrazarse de animales que tienen los therians que sobre la pérdida de derechos propios y los atropellos a nuestra democracia.


Uno podría suponer que los seguidores del gobierno van a elegir distraerse antes de hacerse cargo de que votaron mal. Y sí, es difícil muchas veces asumir que uno se equivocó, hay mucha soberbia en el electorado. Pero la oposición, aquellos que otrora supieron darnos esperanzas, los mismos que vinieron a proponernos un sueño, y nada menos que un sueño colectivo de amor a la Patria y soberanía nacional, hoy están discutiendo nimiedades, persiguiendo fantasmas y alucinando con traiciones internas (como si fueran troskos).

Pero entonces, ¿cómo se resiste hoy? Dudo mucho que la resistencia esté en mirar tiktoks y dejar que el tiempo pase con la misma resignación de quien se sienta en una sala de espera hasta que alguien llame su nombre (aunque es exactamente lo que vengo haciendo).


Y para colmo de males, este es un año de mundial, con lo cual en unos meses todo va a ser peor: veremos flamear las banderas del falso patriotismo de muchos que se regocijaron al ver a sus compatriotas perder los únicos derechos que les brindaban una mínima ilusión de dignidad. Gritaremos al unísono los goles de muchachos que carecen absolutamente de toda conciencia social y compasión por los miles que los admiran -me atrevo a decir que en muchos casos- más que por su habilidad para jugar a la pelota, por la cantidad de ceros que ostentan en sus cuentas bancarias. Y eso mientras de la Argentina que supimos amar queda cada vez menos.


Pero yo, al menos, no quiero vivir haciéndome la boluda. No quiero mirar para otro lado mientras todo se revienta a mi alrededor. 

El detalle es que todavía me falta descubrir cómo resistir. Cómo resistir al bombardeo de distracciones al que soy sometida a diario, pero más importante aún, cómo resistir al desgaste de todos los valores que me regían sin convertirme en una vieja conservadora que no soporta el modo de vida que proponen las juventudes de hoy (aunque a decir verdad, no, no soporto el deterioro cognitivo, el culto al dinero y el individualismo atroz que detentan los jóvenes en este momento).


Y así, como quien no quiere la cosa, me convertí en mi padre, que allá por los años 90 ya andaba preocupado por la decadencia de la humanidad y ejercía su propia resistencia obligándome a escuchar radio AM por horas y debatiendo acaloradamente sobre política, aunque yo sólo fuera una joven bastante ignorante…

lunes, 16 de febrero de 2026

De las derivas semánticas de la palabra 'progre'. De la fragilidad de la lealtad cuando los vientos cambian. De batallas culturales perdidas y de culpas mal repartidas. Una reflexión a partir de Laclau.


Uno de los grandes logros recientes de la derecha fue haber podido vaciar de sentido al significante “progresista”. Esta operación le permitió acercarse a un sector del peronismo más ortodoxo o conservador que solo había comulgado con el progresismo kirchnerista por verticalismo partidario, pero que en realidad siempre se sintió incómodo con las conquistas sociales de minorías y con los avances en materia de libertades individuales que hicieron tambalear sus rígidas pero no sólidas estructuras sociales: el concepto de familia, la concepción de cómo debe vivirse la sexualidad e incluso, en los casos más radicalizados, los roles de género.

Cuando una palabra pierde su valor denotativo y pasa a ser una especie de comodín que sirve para representar a una amalgama de reclamos o descontentos, aún habiendo dentro de ella contradicciones o identificaciones sólo parciales, se convierte en significante vacío. Esto ocurrió con “progre”, que de a poco fue ocupando el rol del “villano” en la escena política argentina y pasó de ser la descripción de una concepción ideológica a convertirse simplemente en todo lo malo que existe sobre la faz de la Tierra.

Todo comenzó algún tiempo atrás (pero no en la isla del sol), cuando se empezó a culpar al feminismo de haber ocasionado el surgimiento de movimientos ultra conservadores que cuestionan las luchas por la igualdad de las mujeres y disidencias que, aunque siempre existieron, cobraron mayor visibilidad a partir de 2018. Es lógico y comprensible que, ante avances en la conquista de derechos de minorías, emerjan grupos de indignados que nunca tuvieron que reclamar nada porque siempre formaron parte de los sectores de privilegio. Culpar a las minorías que reclaman por sus derechos es la clásica falacia de la pollera corta; lo cierto es que siempre existieron los machirulos homofóbicos y transfóbicos, pero nunca tuvieron que alzar la voz porque jamás habían sido cuestionados masivamente como ocurrió en aquellos años.

Incluso desde el peronismo, después de haber perdido las elecciones en 2023, cuando Argentina se encontraba al borde del colapso económico y el candidato que eligieron a dedo era nada menos que el ministro de economía, la culpa igual la teníamos las mujeres y disidencias porque “el peronismo debe gobernar para las mayorías, no para las minorías”, y así con todo. Pero las mujeres ya estamos acostumbradas a que se nos eche la culpa de todo, porque así es como funciona el patriarcado (y no voy a elaborar).


El verdadero problema aparece cuando la derecha capitaliza esos cuestionamientos internos de las diversas facciones del peronismo y aprovecha que el progresismo está siendo atacado por sectores previamente afines para transformar el término en una representación de todo lo malo de la humanidad: de pronto los progres pasamos de ser personas que simplemente buscaban una comunidad plural con lugar para todo el mundo a ser malditos, hipócritas, egoístas, etc.

Hace un par de días, una tuitera que se hizo famosa en plena “tercera ola” apelando a la sensibilidad progre afirmó, sin ningún tipo de tapujos, que “los fachos son menos hipócritas con la plata. Los progres son lo peor en eso”. Y así se va construyendo un nuevo sentido común donde la palabra “facho” pierde su connotación negativa y los progres somos el nuevo enemigo público.

Ahora resulta que, además de ser “la policía de la moral que te dice qué palabras podés usar y cuáles son violentas”, también somos unos ratas hipócritas que no prestamos plata. Mientras tanto, la derecha avanza casi sin resistencias en su camino, promoviendo una reforma laboral esclavista, la baja de la edad de imputabilidad y una propuesta de sociedad que expulsa a todo el que no se ajuste a una norma represiva, anticuada y cercenante. 


Mi única conclusión posible es citar otro viral de X: “qué peligroso, qué triste”.


sábado, 3 de enero de 2026

De migrantes y restricciones insólitas. De imperialismo y cipayismo en partes iguales. Del deseo inmediato de que el mundo se detenga y cambie su rumbo. Del dolor de sentir que la Argentina de mis sueños cada día está más lejos. De peronistas y progresistas cuya postura xenófoba no termino de entender.


Hoy me desperté, imagino que como todos, con la noticia del ataque de Estados Unidos a Venezuela. No voy a hacer ningún tipo de análisis geopolítico porque no es lo mío, pero sí quiero reflexionar sobre mi propio país, sus inmigrantes y una medida que me parece no sólo peligrosa, sino que sospecho inconstitucional.


Horas después de la ocupación colonial de Estados Unidos en el país hermano, nuestro jefe de Gabinete anunció una restricción migratoria a ciudadanos venezolanos relacionados al “Régimen de Maduro”, es decir que hoy el poder ejecutivo decidió que el derecho a ingresar a la Argentina depende de afinidades ideológicas. Una verdadera catástrofe democrática. 

Antes de que el lector objete, aclaro que entiendo que el decreto explicita que se trata de “colaboradores directos o indirectos” del mencionado régimen, y no refiere a cualquier ciudadano de a pie que simplemente haya coincidido con las políticas de Maduro, pero permítanme dudar de que no empiecen a considerar que un posteo en redes sociales a favor del mandatario sea tomado como colaboración para filtrar la inmigración venezolana en nuestro país en función de cómo piensa cada uno.


A esta altura de mi vida, yo sé muy bien en qué Argentina quiero vivir, y tengo perfectamente claro que uno de los mayores orgullos de haber nacido en esta gloriosa nación es su política de puertas abiertas. Yo celebro que ciudadanos de cualquier parte del mundo y de cualquier ideología que elijan vivir dignamente en nuestro suelo tengan la posibilidad de hacerlo sin mayores inconvenientes. Tengo la convicción de que no hay mejor destino para mis impuestos (y los pago todos) que solventar un servicio gratuito de salud y educación en todos los niveles para cualquier ser humano. Yo abrazo intensamente la diversidad cultural, sostengo que migrar es un derecho y que argentino es todo el que quiere vivir acá, porque nada me da más orgullo que vivir en un país donde la condición de ser humano supera a la circunstancia azarosa del lugar de nacimiento.

Hoy miraba en televisión a masas de venezolanos antimaduristas festejar a grito de gol que su país haya sido bombardeado por Estados Unidos y que el imperio del Norte se disponga a gestionar sus recursos naturales y su política interna con una especie de encargado al mejor estilo de un virreinato. No puedo y nunca podré coincidir con una persona que celebra un suceso de tales características, pero también me resulta imposible empatizar con muchos de los comentarios que vi en redes sociales de parte de personas muy afines a mi ideología, que cuestionaban el derecho de esos inmigrantes a habitar este suelo y se indignaban de que hubieran podido venir a vivir acá con ese pensamiento tan distinto al propio.


Yo soy, ante todo, militante de la democracia. Y para mí la democracia implica poder vivir entre personas que no piensan como yo. Y claro que defiendo la soberanía de los pueblos y por supuesto que me parece una verdadera aberración festejar una ocupación imperial en el país de origen y sin dudas que jamás podría ponerme contenta si eso ocurriera en Argentina, aún cuando yo me encontrara viviendo en otro lugar; pero pedir la expulsión de ciudadanos venezolanos que repudian a Maduro o que profesan ideas de ultra-derecha nos vuelve iguales al gobierno que quiere prohibir el ingreso de maduristas por su forma de pensar.

Si nos parece una aberración ser discriminados por pensar de tal o cual manera, si nos escandalizamos con la intolerancia ideológica, si nos jactamos de que el amor vence al odio y de que la patria es el otro y de la Patria Grande Latinoamericana, no seamos como los que tanto criticamos. Sería hipócrita si dijera que me encanta cómo piensan los venezolanos que celebran con perreos en el Obelisco que su país sea invadido por el principal imperio de Occidente del siglo XXI, mentiría si dijera que podría tranquilamente ser amiga de uno de ellos. Claro que no, a mí me genera rechazo y repudio profundamente semejante acto de cipayismo y humillación de parte de mis hermanos latinoamericanos, pero ellos son libres de pensar como quieran y de atenderse en nuestros hospitales públicos y gratuitos cada vez que lo necesiten, porque esa es la Argentina en la que yo quiero vivir.


Yo sé cómo quiero que sea mi Argentina. Claramente hoy no coincido con la mayoría de mis compatriotas, que votaron a Milei y ratificaron su voto en las legislativas nacionales del año pasado, pero la democracia es así. 

No voy a renunciar al sueño que me propuso Néstor Kirchner en 2003 y me niego a convertirme en lo mismo que repudio públicamente con intensidad.

Puedo, por ahora, tolerar vivir en este país donde hoy reina el individualismo y el odio, pero no me van a contagiar, porque si yo quiero vivir en una Argentina justa, libre y soberana, mínimamente tengo que contribuir con mis actos, con mis dichos, con mi modo de pensar, a que mi país sea como yo lo sueño.